lunes, 2 de octubre de 2023

Amor de primate. Una breve novelita de muy pocos megabytes.

Hay quien dice por ahí que los buenos tiempos del papel ya han llegado a su fin; que entre pdfs, kindles, podcasts y audiolibros, el libro tradicional quedará dentro de muy poco como un objeto curioso de coleccionismo y adorno de estanterías rústicas más que como algo que sirva para su propósito. Y me gustaría decir que están equivocados, pero no.

Durante mucho tiempo he defendido el formato tradicional de lectura y como autor siempre me he esforzado en que mis obras tuviesen una versión física a pesar de los costes tanto de impresión como distribución, por no hablar de todo el trabajo de maquetación y diseño que requiere un libro en papel. Y aunque siempre lo he hecho con convicción, desde hace un par de años me he visto obligado a renunciar a ello y rendirme ante las facilidades de lo virtual.

Podría hablar de la subida de los precios del papel, de las empresas de logística o de la desventaja de la autoedición “pura” frente a aquella que propician las falsas editoriales que aparecen como setas después de la lluvia, pero lo cierto es que siendo sincero conmigo mismo y con quienes puedan estar leyendo esto, no me da la vida para seguir dedicando tanto tiempo a publicar en papel. Escribir, maquetar, revisar mil veces, maquetar de nuevo, buscar ilustradores, diseñadores, correctores, hablar con la imprenta, establecer fechas, revisar fierros, esperar con el corazón en un puño que todo haya salido bien… y después promocionar el libro, hablar con ayuntamientos y asociaciones culturales para presentarlo… No más, por favor.

A partir de ahora y hasta nueva orden voy a ir publicando mis cosas sin prisas ni grandes ostentaciones en algunas de las muchas plataformas habilitadas para ello, sin costes para mí ni mis lectores, sin gastos que cubrir ni necesidades que saciar. Solo yo frente a la hoja de papel (virtual en este caso) igual que hacía en los viejos tiempos de escribir en parques y a la orilla del río para después tirar esos versos miserables en la papelera más cercana.

¡Ah, que casi se me olvida!

Todo esto venía para anunciar que tengo un nuevo relato en la calle, uno de esos que se escriben muy en serio pero que al terminarlos y releerlos te das cuenta de que todo el mundo se lo va a tomar muy en broma. Porque es mi primer romance, pero no entre humanos, al menos no todos, o por lo menos no todos lo parecen… ¿O sí?

Lo dicho. Echadle un vistacito si podéis pues está en formato PDF en la plataforma Lektu y también en lectura directa en eso que llaman Wattpad, pero no sé si se escribe así.

lunes, 19 de diciembre de 2022

Balas Verdes, el cómic.

 


Dedicarse a escribir a tiempo completo debe ser algo realmente productivo, ya sea desde el punto de vista económico o simplemente a nivel creativo. Siempre he creído que la escritura al igual que el deporte, mejora con la práctica y languidece con el desánimo y la inactividad. Por eso en parte envidio a esas personas que bien sea porque les resulta rentable o porque sus ingresos vienen de otra parte y disponen del 100% de su tiempo, pueden escribir de forma continua, regular y además marcarse retos y objetivos a medio y largo plazo. Y yo, obviamente, no soy una de esas personas.

Si queda alguien leyendo este blog sabrá que mis últimas entradas han sido algo más tristes que las escritas hace unos años, además de escasas, y eso se debe a mi incapacidad para mantener el ritmo de escritura que sí tenía cuando publiqué “La onomatopeya del ladrido…” y “Nuestro último tesoro”. Aquellos tiempos en los que quería demostrar al mundo de qué era capaz ya quedaron atrás, dejándome en un éstasis de apatía propiciado por los tiempos convulsos de la pandemia y también el escaso interés de un público que fue decreciendo, supongo que en detrimento de sus nuevas necesidades, lo obsoleto de mis formas de promocionarme y por qué no decirlo, mi incapacidad para renovarme y ofrecer algo más acorde a los nuevos tiempos.

Pero dejar de escribir nunca ha sido una opción para mí. Por eso he seguido haciendo cosas, a otro ritmo, en otros contextos, pero siempre siendo fiel a mi mismo y siendo consciente de que lo que hiciera debería ser para proporcionarme satisfacción más que una recompensa monetaria. Y en este tiempo he conseguido guionizar mi propio espacio en la televisión local con un programa dedicado a la literatura, publicar en una revista también de ámbito local algunos relatos breves, y finalmente escribir algunos guiones de cómic, uno de ellos de forma remunerada. Y es aquí donde quiero detenerme porque si puedo afirmar que me siento realmente satisfecho con uno de estos trabajos, éste es Green Bullets, un webcomic en el que trabajo actualmente junto al dibujante Ramon Sarlé y del que estoy especialmente orgulloso.

Green Bullets (balas verdes) nació justo de esa apatía propiciada por el encierro, esa sutil desgana por marcarse metas elevadas y por qué no decirlo, como un pequeño acto de rebeldía; convirtiéndose en un trabajo realizado a fuego lento, con tiempo para analizar, corregir y publicar, sin esperar nada más a cambio que la satisfacción personal. Y su éxito, aunque esta palabra se haya convertido en sinónimo de dinero y no es el caso, se debe precisamente a esto: la calma. Tanto Ramon como yo teníamos ganas de trabajar en algo juntos, pero sin presiones, meditando bien cada línea y cada trazo, para convertirlo en un trabajo bien mimado pero a la vez libre y sin ataduras ni presiones externas.

 

Su argumento nos cuenta como una mina en la que se halla un extraño yacimiento de oro verde es explotada por un hombre de negocios sin escrúpulos a pesar de tener la certeza de que ese mineral causa extrañas mutaciones en los seres vivos y como tres héroes se disponen a enfrentarse a él para parar su megalomanía. Y es así, sin más florituras como el relato mezcla el western más tradicional con el misterio sobrenatural de aquello que una vez cayó del espacio.

Obviamente y por los motivos arriba expuestos, el cómic no cuenta con edición física ni con todo lo que ello conlleva (presentaciones, ventas, promoción agresiva…) y por ello se puede leer de forma gratuita en plataformas destinadas a ello como Faneo o Webtoons. Así que quedáis invitados a daros un paseo por las páginas de Green Bullets y no olvidéis, si es que el cómic os gusta, darle un like o dejar un comentario, ya que eso siempre se agradece.

Un saludo y hasta la próxima entrada.

domingo, 13 de febrero de 2022

Malos tiempos para la lírica.

 

Hace unos meses sufrí un pequeño desengaño. Y no lo digo desde la ingenuidad de ese autor novel que cree que va a comerse el mundo con su opera prima para descubrir que nadie apuesta un duro por él, sino como alguien que acostumbrado a que le den bofetadas por todos lados, cree estar haciendo las cosas bien, ya aún así recibe. Pero me dejo de metáforas y voy al grano.

Empecé el año 2021 con ganas, tal y como puede leerse en la anterior entrada de este blog. Con un programa de televisión quincenal, colaboraciones en una revista de publicación semestral y escribiendo y publicando en redes de forma regular, encontré la forma de conciliar mi vida personal, profesional y artística a pesar de las restricciones impuestas por la situación (léase covid en la wikipedia) y como no, esperando como todo el mundo a que todo esto terminara. Porque escribir está muy bien, y publicar es una maravilla, pero donde yo me siento realmente cómodo es actuando frente al público y precisamente eso es lo costoso de conseguir. Entre las mascarillas, los aforos limitados y otras pegas que se sumaban a la ya escasa disposición de la gente en salir de sus casas para ir a escuchar a un señor que escribe, organizar eventos se me antojaba imposible. Imposible hasta que empecé a urdir un plan maestro.

Quise aprovechar mi relativa popularidad local en televisión (cuando la gente te para por la calle para decirte que le encanta tu programa, te da la sensación de que les gusta lo que haces), la reducción de medidas anticovid del verano y que el buen tiempo invita a salir, para sacarme de la manga una vieja idea en forma de monólogo y buscar una pequeña aproximación con el público, sin tratar de venderles nada (aunque la opción la tendrían) y sentir que esto que hago tiene algún sentido. Finalmente busqué un local céntrico y agradable donde pertrechar mi plan y todo estaría listo para el gran día.

 

Hasta cinco minutos antes del evento ninguna novedad: Nervios mientras repaso el guion, los habituales saludándome y tomando asiento, cuento seis, ocho, diez personas de momento en el público, todas ellas caras conocidas, pero espero que lleguen más. Llega la hora de empezar y no hay nadie de fuera de mi círculo. ¿Y quienes ven mi programa? ¿Y toda esa gente que acudieron a eventos anteriores y me pidieron que no tardara en el siguiente? Espero los cinco minutos de rigor y nada, parece ser que no va a venir nadie más. Y la cosa no sale mal, el público se lo pasa bien, se venden unos cuantos libros y todos nos marchamos a casa satisfechos. O relativamente satisfechos. Porque al cabo de un par de semanas se emite el monólogo en la televisión local y parece que todo el mundo lo ha visto… pero nadie se dignó a tomarse la molestia de levantarse del sofá.

Y reconozco que me da mucha pena, a pesar de que yo actúo igual, acudiendo a actos solamente cuando me resultan ineludibles por compromiso, y apoyando a artistas locales a través de redes sociales y poco más. Y es por ello que me pregunto si realmente no será que los tiempos han cambiado y que los tontos somos los que remamos a contracorriente.

domingo, 31 de enero de 2021

Cambio de rutinas.

Hace cosa de un año (un poco menos, pero no entraremos en exactitudes temporales) sufrí un afortunado revés del destino y pude cambiar de trabajo de una forma bastante radical, pasando de ser un abnegado empresario, a trabajar como funcionario de la sanidad pública. Ahorraré los detalles porque ni son interesantes ni este nuevo trabajo definitivo, ni mucho menos, pero sí es cierto que el cambio de rutinas supuso todo un desafío a la hora de organizarme para escribir.

Hasta ese momento y desde hacía muchos años, la escritura era además de una pasión, una forma de rebelión; cada mañana me levantaba de la cama una hora antes de lo debido para plasmar mis ideas en papel (real o virtual), casi como una obsesión, un ritual que no podía dejar de repetir ya que todo lo demás me parecía tiempo perdido. Si algo puedo sacar en positivo de esa época es precisamente la forma de escribir, con constancia y algo de rabia, que me proporcionó años de inspiración para lograr mantener tres blogs y publicar otros tantos libros y relatos. Pero desde marzo todo es distinto.

Pasar de un horario a tiempo completo de camionero, al de jornada intensiva en el hospital, me dejó muchísimo tiempo libre que lejos de aprovechar para escribir, hizo que mi mente se dispersara en otras muchas actividades. Ahora por fin podía sacar tiempo para la familia, para ir a pasear, para salir con la bici, jugar a videojuegos, quedar con amigos, escuchar música con la luz apagada y los ojos cerrados… y precisamente este aumento de tiempo libre me quitó la necesidad de escribir. Reconozco que he perdido mucho, pero tampoco puedo reprochármelo.

Había llegado el momento de replantearme mis rutinas, mi dirección artística y enfocarme de una vez en la dirección que creyera correcta, pero entonces sucedió un nuevo cambio laboral. De pronto pasé de trabajar en un hospital, en primera línea de contacto con los pacientes, a estar metido en un cubículo haciendo de teleoperador. Mi nuevo e inesperado destino podría parecer más cómodo a primera vista pero la ansiedad no tardó en apoderarse de mi. Siete horas seguidas atendiendo a un teléfono que no parecía dispuesto a dejar de sonar ni un instante, reproches, gritos e insultos desde el otro lado, broncas desde arriba, ignorancia sobre aquello que supuestamente debía saber desde mi interior… He de reconocer que de todas mis experiencias laborales hasta el momento (que no han sido pocas ni agradables), esa estaba siendo la peor con diferencia. Perdí el hambre, la capacidad de descansar por las noches, estaba adelgazando de forma alarmante y los mantras que debía repetir una y otra vez al auricular comenzaban a hacer mella en mi mente. Así que busqué la única forma de escapar: escribiendo.

Con un pedazo de papel junto al teclado, me hacía con una frase que sirviera de punto de partida y a partir de allí iba hilando un relato, escribiendo palabras sueltas cuando el teléfono me lo permitía, buscando así una estructura en la que formar un hilo conductor que terminara dándole un sentido lógico a todo ese galimatías en el que estaba sumido. Algunos días resultaba imposible, pero otros lograba llevarme a casa un pequeño relato que, más o menos afortunado, me demostraba que yo seguía allí, resistiendo.

Ahora ya llevo seis meses en mi cubículo. He aprendido y he hallado la forma de sobrellevar la situación, además de haber acumulado una buena cantidad de relatos que he pensado en publicar en mi nueva cuenta de Twitter @JCRosa18 (el 18 lo ha colocado el sistema automáticamente, no es mi edad) y quiero invitaros a seguirla y leerlos por allí. Si lo hacéis, nos vemos allí, y si no… no.

jueves, 3 de diciembre de 2020

El necesario resumen anual.

 


    Diciembre ha llegado y evoca la necesidad de mirar atrás, hacer balance del año y en el caso de este extraño 2020, agarrarnos a la conformista idea de que por lo menos, seguimos vivos. Pero no podría empezar esta entrada sin pedir disculpas por mi larga ausencia de este blog, que por si alguien se pasa por aquí sin saber qué ha sido de mi, podría pensar que me he dejado llevar por la apatía y el tedio para acabar abandonando esta enfermedad llamada escritura. Pero no.

   Para seros sincero, debo reconocer que comencé este año cargado de planes, ideas y eventos. Con mi último libro recién sacado del horno, decidí organizar una gira de presentaciones que con mucha (mucha, de verdad) dificultad logré ir cerrando con diferentes ayuntamientos y bibliotecas. Supongo que no haría falta decirlo, pero organizar algo tan sencillo como la presentación de un libro puede resultar muy costoso a nivel burocrático y uno termina encontrándose con varias piedras en el camino. En primer lugar diré que las presentaciones de libros en librerías son sencillas, ya que hay que dejar una buena parte de los beneficios al librero, pero al hacerlo a través de instituciones públicas la cosa es menos rentable para ellos y no se esfuerzan tanto en hacerlo posible. Solicitar locales, cuadrar horarios, ir a hablar con responsables varios, contactar con medios de comunicación… Al final se va muchísimo tiempo y al menos en mi caso, me habría resultado imposible sin ayuda. Pero como ya sabréis, en marzo llegó un virus letal desde el este y todas mis fechas fueron canceladas, dejándome encerrado en casa con un montón de cajas de libros que había reimpreso, con la consiguiente pérdida económica que ello me acarreó. Pero la vida debía seguir.


 

   Con toda la convulsión de la pandemia aproveché para cambiar mi trabajo de camionero, que me ocupaba la gran mayoría de mi tiempo, por uno que me dejaba abundante tiempo libre, y aunque he estado escribiendo mucho, el parón cultural que hemos sufrido ha hecho que no me tomase mis nuevos escritos muy en serio. En lugar de ello, aproveché para hablar con la diectora del canal de televisión local para proponerle presentar un programa sobre literatura, algo a lo que accedió y que en estos momentos se está emitiendo con una frecuencia quincenal y que me resulta sumamente divertido y estimulante.

   Y como no, aproveché para sacar a la luz dos proyectos que tenía en cola. El primero fue “Lejos de Wonderland”, la siguiente entrega de la saga que partió de ese ya lejano “La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp”. Y el segundo el comic “Coses del Sud” que aunque estuvo dibujado y guionizado por el artista Tarraconense Ramon Sarlé, el argumento era de mi autoría y pude supervisar todo el trabajo. También hay que apuntar que en el breve periodo de optimismo que nos brindó el dichoso virus en octubre, pudimos presentar ambas obras con un éxito notable.


 

   ¿Y algo más? Pues supongo que ya sabréis que también este año se publicó el primer número de la revista digital “Cronicas epatantes” de la que ya hablé en la entrada y acordé una colaboración con la revista “Monovar” que se publicará en breve y llevará un relato de mi autoría ilustrado por el señor Sarlé.

   Resumiendo diré que no ha sido un mal año a pesar del varapalo de la cancelación de la gira y que a veces hay que sacar provecho de las tormentas para navegar más rápido, aunque sea en una dirección no prevista de antemano.

   ¿Y para el año que viene? Es pronto para decirlo porque todavía queda un mes, pero la idea es seguir ahí, escribiendo, quizás sacar otra entrega de la “Saga Wonderland”, quizás el segundo número de “Crónicas epatantes” y en la tele hasta que me echen por decir cosas raras. Y por supuesto, la idea es seguir con este blog, subiendo actualizaciones, artículos y a partir de enero también algunos relatos, porque como creo que ya he dicho más arriba, se me están acumulando de mala manera.

   Un saludo, feliz fin de año y atentos porque me pasaré por aquí de vez en cuando y os vigilaré.

sábado, 30 de mayo de 2020

Crónicas epatantes ya está aquí

Podría deciros que llevaba meses, quizás años, dándole forma en mi cabeza a esta idea, pero os estaría mintiendo vilmente. La cruda y simple realidad es que cuando estaba a punto de publicar mi relato “La maldición de Onikage” (también conocido como “Un relato sin nombre” para los lectores de mi otro blog) de forma totalmente gratuita, libre y digital, se me pasó por la cabeza añadir un artículo que escribí hace poco más de un año para una charla que di sobre la literatura pulp y la idea de transformar el relato en una revista apareció sola. Después solo tuve que buscar a un par de personas dispuestas a colaborar de forma desinteresada y en muy poco tiempo la revista Crónicas epatantes estuvo lista para ver la luz.

¿Y en qué consiste esta revista?
Esencialmente se trata de una revista de relatos, artículos y quizás en futuros números también críticas de libros, cine etc. que pretende emular las publicaciones de principio del siglo pasado dedicadas a la literatura popular y en la que podían leerse historias de autores tan grandiosos como Poe, Lovercraft o Howard. Básicamente se trata de una forma de difusión de obras que por sí solas no llegarían demasiado lejos pero que quizás compartiendo espacio consigan abarcar a un público algo mayor. Y realmente, la revista Crónicas epatantes busca compartir buena literatura de forma rápida, económica y limpia.

¿Y qué vamos a encontrar en ella?
Como ya he comentado más arriba, la idea incial era la publicación del relato “La maldición de Onikage” de mi autoría, y por ello es este relato el que ocupa la mayor extensión de la publicación. Además contiene otro relato titulado “El de delante”, escrito por Jesús Puche (ex- damnificado de uno de mis talleres de escritura), así como el artículo “El viaje del héroe” de Albert Sarlé (que también es el portadista) y otro artículo titulado “¿Qué es el pulp?” con el que pretendo poner en situación al lector casual.

¿Y como se puede adquirir la revista?
No hay nada más fácil en el mundo, pues Cronicas epatantes está alojada en Lektu, página web dedicada a la difusión de obras a la que solo hay que acceder, poner el nombre de la revista en el buscador y registrarse de forma totalmente gratuita. Además la revista está en modo “paga lo que quieras”, es decir que aunque aparece con un precio orientativo de 1€, es posible modificarlo desde 0€ (la opción más popular) hasta la cifra astronómica que cada uno esté dispuesto a pagar. Por supuesto, todo el dinero recaudado de esta forma (si lo hay), será destinado a la sufragación de gastos de edición (que los ha habido) y a preparar con amor y dedicación el siguiente número.

Y nada más. Os dejo aquí el enlace para descargar la revista y espero que os toméis la molestia de echarle un vistazo y por qué no, dejar algún comentario en Lektu además de ponerle alguna estrellita, que eso viste mucho.
Saludos y hasta pronto.


martes, 21 de abril de 2020

Libros en tiempos de coronavirus


Vivimos tiempos extraños, más o menos complicados dependiendo de la situación personal de cada uno, pero casi en todos los casos y ámbitos, tiempos de cambios, de replanteamientos y de búsquedas de dirección vital. Las rutinas laborales se han visto alteradas, cuando no suspendidas, las familiares, sociales, comerciales y hasta nuestros hábitos y costumbres se han visto afectados de una forma en ocasiones radical. Y como no, el apartado artístico en general y literario en concreto, que es de lo que vengo hoy a hablar aquí, no ha sido una excepción.

Cuando todo este embrollo comenzó, se decretó el estado de alarma y llegó el confinamiento, se canceló la gira de presentación de mi última novela “Nuestro último tesoro”, dejándome tirado después de llevar casi dos meses preparando los eventos, concretando fechas y lugares. Reconozco que resultó desalentador, pero comprendiendo que era una situación excepcional, traté de tomármelo de forma positiva. Hoy en día las redes sociales nos proporcionan medios para llegar al público sin necesidad de contacto físico, y por ello quise unirme a todos aquellos que al igual que yo, se dispusieron a ofrecer su arte a precios reducidos o directamente gratis, para hacer más llevadera la situación a los demás y por qué no, aprovechar para promocionarse. Pero a veces pasa que las cosas cuantas mejores intenciones les pongas, más frustrante resulta el no ver resultados. Y así fue.

Las redes se inundaron de libros que habían pasado de costar dinero a ser gratuitos mediante pagos sociales (eso es mencionar que se ha adquirido tal producto en redes sociales para promocionarlo), sorteos, concursos, retos de escritura e ilustración, propuestas miles para ser capaces de compensar la falta de eventos, entre ellos el día del libro, ferias, presentaciones y charlas, mediante facilidades online. Y la cosa empezó bien, no os creáis. Yo mismo utilicé este blog para resubir viejos relatos, corregidos y reescritos, en un esfuerzo que esperaba que me reportase cierto “feedback” en forma de comentarios o menciones en otras redes, pero la realidad resultó ser una muy distinta.

No tardaron en aparecer las primeras quejas de autores que veían como sus pagos sociales eran descargados desde cuentas fantasma para no ser compartidas jamás, sus costosos libros eran leídos sin un mísero “like” y sus ofertas superespeciales quedaban olvidadas sin remedio. E igual que la literatura pasaba con la música de autores independientes, los cuadros de pintores que buscaban inspiración en el encierro, poetas, actores, bailarines y otras muchas disciplinas. Parecía ser que en pleno confinamiento, cuando el arte se había convertido en un bien preciado, todo seguía siendo igual de complicado que antes. Fue por ello que se hizo una llamada a la huelga, después desconvocada, para reivindicar nuestro lugar en la sociedad, aunque las cosas como sean, hacer huelga para protestar por el desamparo no es algo que suela dar resultados, al menos a corto plazo.

Ahora se acerca el gran día del libro, ese en el que personas que jamás han leído uno en sus vidas, lo compran para regalárselo a alguien o simplemente por el esnobismo de que le vean paseando con uno bajo el brazo por la calle, subir la foto a su instagram o echarse la medalla de que “yo leo, aunque ocasionalmente”, cuando aquellos que realmente gustan de la lectura no tienen que buscar excusas para comprar literatura. Y como no, decenas de miles de autores, tanto los independientes como aquellos amparados por grandes editoriales que verán por primera vez como se cierran sus espacios en las grandes ferias del libro, se echarán a las redes, nos echaremos a las redes, ya que me incluyo, implorando a los potenciales compradores que elijan nuestras obras en lugar que las de los otros, porque son buenos libros, divertidos y entretenidos, baratos además, y las cosas como sean, damos mucha penita metidos en casa escribiendo y sin poder salir.

Y es verdad lo de la pena. En mi caso por lo menos. La pena que me doy a mi mismo, como mínimo. Porque este no es un camino de rosas y si encima vamos descalzos por las zarzas, peor que peor. Y por ello me debato entre seguir haciéndome el escritor y tratar de aprovechar estas fechas para encasquetar algún libro, u ocultarme en las sombras, esperar a que todo esto pase, y meditar sobre la necesidad de escribir, su propósito y finalidad. Porque a veces renegar de uno mismo es la mejor forma de encontrar el camino.

jueves, 20 de febrero de 2020

El sex appeal de los malvados

 

Desde hace algún tiempo podemos fijarnos en la proliferación de algunos antagonistas clásicos de la literatura y el cine que se ven convertidos en protagonistas de sus propias historias. El caso de la película Joker quizás sea el más visible ahora mismo, pero en el ejemplo del cine hay otros muchos como Venom, Maléfica o Hannibal Lecter entre otros, al igual que pasa en la televisión, el teatro o la literatura, como no. Incluso en obras que no están protagonizadas por ellos, gran parte del público reconoce haber empatizado con la sombría figura del antagonista incluso más que la del héroe o heroína de turno. ¿Pero por qué pasa esto?

Hace poco leí un artículo en internet que vinculaba esta tendencia a que cada vez somos una sociedad más deshumanizada, menos empática y en definitiva más enfocada al mal y el egoísmo. Y no digo que éste no sea un mal argumento para un artículo de clickbait, pero yo tengo otra teoría que quizás sea más sencilla y menos agorera. Y esa es que los malos de las historias son, por pura necesidad de guion, personajes mucho más completos que los protagonistas. Paso a explicarlo.

Cuando estructuramos una historia solemos hacerlo partiendo de unos puntos básicos como son la ambientación (una ciudad futurista, un país medieval fantástico, una pequeña provincia de Nueva Inglaterra en la época colonial…), un conflicto (crisis medioambiental, una maldición mágica, ataques de nativos salvajes…), un protagonista encargado de solucionar el problema y un antagonista dispuesto a ponérselo difícil. En esencia esta es la base de todo relato pero si queréis que lo simplifiquemos más nos podemos meter en cualquier cliché y así no nos complicamos tanto: Una tranquila aldea del medievo se ve de pronto asolada por una maldición que hace que sus rábanos sepan a estiércol y la única forma de salvar sus cosechas es entregando una bella doncella al malvado brujo que vive en la torre de la colina. Entonces llega nuestro aguerrido caballero en escena, prometiendo librar a los pobres campesinos de esa amenaza para siempre.

Para crear el personaje del héroe deberemos tener en cuenta cosas como sus motivaciones, su personalidad y ponerle algunos defectos o debilidades para poder explotarlos luego en la historia y crear tensión. Quizás tenga miedo a las arañas por un trauma de niño y el brujo vaya a descubrirlo y usarlo en su contra. Pero en cualquier caso y pase lo que pase, el héroe superará el reto, derrotará al brujo y salvará a la doncella con quien se casará y comerán rábanos para siempre. ¿Pero qué ha pasado con el brujo?

En esta historia el héroe logra cumplir sus objetivos de hacer el bien, salvar al pueblo, superar sus miedos y debilidades y por lo tanto queda “quemado” a nivel narrativo. Pero el villano es otro asunto. ¿Por qué era malo? ¿Qué le llevaba a comportarse así? ¿Quizás no tuvo una infancia fácil o nadie le enseñó a controlar sus poderes; puede que viviera frustrado, sin amigos, recluido en soledad y que maldijera al pueblo entero en un desesperado intento por llamar la atención? Y además, ahora que el héroe le ha derrotado y ya no puede seguir viviendo en su torre… ¿Donde irá?

Como podemos comprobar los personajes malvados acostumbran a poseer muchas más capas que los buenos, abren muchos más interrogantes y tienen objetivos mucho más difíciles de cumplir. Quizás por eso Nodoyuna jamás ganaba una carrera, el coyote era incapaz de alcanzar al correcaminos o el Rey Hielo era incapaz de encontrar pareja. Porque sin ellos la vida del héroe no tendría mayor interés. Y a mi propia obra me remito como ejemplo.

Cuando escribí “En busca de Wonderland”, relato incluido en mi segundo libro “La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp” creé al personaje de Villano (sí, no me devané mucho los sesos poniéndole nombre) y me di cuenta al final del cuento que me resultaba mucho más interesante que la misma pareja protagonista. Fue por ello que en todos los relatos que han seguido la saga (actualmente publicados “Regreso a Wonderland” y “Un pacto en Wonderland”) el personaje de Villano ha tenido un papel principal, por encima de cualquier otro. ¿Pero donde pretendo llegar con todo esto?

Como he dicho al principio, que nos gusten los personajes malotes no significa que nosotros lo seamos debido a la influencia de una sociedad desnaturalizada si no que sencillamente suelen tener personalidades llenas de sombras, conflictos por resolver y en definitiva y como dirían los jóvenes de hoy en día, “movidas muy tochas” que hacen que nos enganchemos a ellos y queramos saber más.


Nota final aclaratoria: En todo momento en esta entrada me he referido a malvados de ficción, es decir personajes que no existen en la vida real y que por lo tanto podemos romantizar sin problemas. En el mundo real, a la mala gente ni agua.


martes, 14 de enero de 2020

Mitos y verdades sobre el ISBN


El International Standard Book Number, o ISBN para los amigos, es un código que podremos encontrar en la inmensa mayoría de libros, generalmente en las páginas de cortesía o incluso en la contraportada junto al código de barras y que sirve para identificar ciertos parámetros del mismo como la editorial de la que proviene, el país en el que se ha editado etc... Desgraciadamente con el paso de los años se le han ido atribuyendo algunas cualidades que no posee, hasta el punto de mitificarse de una forma bastante innecesaria. Con esta breve entrada trataré de arrojar algo de luz sobre él y orientar de paso a nuevos autores sobre si deben o no incluirlo en sus obras. Vamos allá.

Lo primero a tener en cuenta y lo voy a poner bien grande es que el ISBN NO es obligatorio. Desde hace ya unos cuantos años cualquiera puede publicar un libro sin tener que tramitarlo y sin obligación alguna de tener su libro registrado en ninguna parte.
Otra cosa a tener en cuenta es que el ISBN no proporciona ningún tipo de derecho de autor. Aunque llegado el caso podría servir para demostrar la autoría de una obra robada o plagiada, hay que recordar que los derechos de autor se otorgan de forma automática a éste en el momento de publicar una obra, sea en papel u online y no es necesario realizar otra acción para ello. En este sentido el ISBN es igual de válido que el registro de propiedad intelectual o un simple código de Safe Creative, por ejemplo.
Por último y metiéndonos en el submundo del folklore popular más oscuro debo decir que el ISBN no es ninguna garantía sobre la calidad de la obra. Sé que no debería decirlo, pero no está de más recordarlo. Hay gente que cree que los ISBN son otorgados por las mejores editoriales solamente a los libros más selectos, como un código de calidad incuestionable. NO es así. Cualquiera puede solicitar un ISBN y ponérselo a la lista de la compra si lo desea. Y adentro anécdota.

Recuerdo que hace un par de años, cuando publiqué "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" y lo estaba promocionando online, un señor se mostró interesado por el pdf del libro y tras indicarme que 4€ le parecía un precio excesivo me comentó que no me lo iba a comprar porque no tenía ISBN y eso no le garantizaba que mi libro tuviese calidad alguna. No quise entrar en explicaciones sobre este tema, así que dejé correr a ese cliente potencial y me dediqué a buscar a otro público menos tiquismiquis y mejor informado.
Curiosamente de mis cinco libros publicados hasta la fecha "La onomatopeya..." es uno de los dos que llevan ISBN.

Y ahora os estaréis preguntando porqué si ese número no sirve aparentemente para nada, habría que pagar los 50€ (aproximados, desconozco como está la tarifa actualmente) que piden por él. Pues ahí van algunas razones.

Aunque ya no es obligatorio, el ISBN es el código identificativo que utilizan librerías, distribuidoras y bibliotecas para clasificar los libros. Sin él, la tarea de meterlo en una base de datos y archivarlo se complica hasta el punto de que pueden rechazarlo directamente. Yo mismo he tenido alguno de mis libros sin ISBN etiquetado como "artículo de regalo" en librerías, con la consiguiente dificultad a la hora de verlo en estanterías y para recuperarlo llegado el momento de quitarlo de la venta. Igual pasa con bibliotecas que no encuentran la forma de exponerlo o meterlo en sus redes internas con las que se comunican con otras bibliotecas en busca de información de autores o búsquedas de ejemplares.

Es por ello que debemos tener claro antes de solicitar el trámite del ISBN qué queremos hacer con nuestra obra, hacia donde encaminarla y a qué público llegar. Un libro con grandes expectativas de proyección debería llevar ese código o se encontrará muchas puertas cerradas, pero si lo que queremos es venderlo en mano, sean ferias o eventos propios, o directamente a través de nuestra web/ redes sociales, es un dinero y una molestia a ahorrarnos.

Y esto es todo lo que puedo contar sobre este bello código. En próximas entradas hablaré sobre el depósito legal, ese otro trámite que lleva de cabeza a algunos y que al contrario que el ISBN sí es obligatorio... con algunas excepciones.

lunes, 2 de diciembre de 2019

¿Papel o digital?


El papel tal y como hoy lo conocemos lleva siendo desde hace más de dos mil años el soporte de nuestra cultura, historia y el testigo del avance de nuestra civilización, permitiéndonos preservar y compartir todo tipo de información, desde ensayos científicos a ficción. El formato libro, es decir varias páginas encuadernadas y protegidas con cubiertas de mayor grosor llegaría hace no tanto a nuestras manos para convertirse entre otras cosas, en el formato por excelencia para la literatura. Pero en estos últimos años hemos visto como los archivos digitales, que pueden ser transportados masivamente en dispositivos de toda índole sin pesar ni ocupar lugar, están desplazando al libro tradicional. Y aunque muchos auguran que es el fin del hasta ahora rey de los soportes de palabras escritas, quiero romper una lanza a favor del viejo papel y destacar las ventajas del libro físico frente al electrónico. Allá voy.
Que sí, que ya lo sabemos, que el olor, el tacto, el peso, la facilidad de lectura al no cansar la vista… Los defensores de los libros tenemos muchos argumentos, algunos realmente poéticos, para defender aquello que nos gusta, pero si nos ponemos pragmáticos, encontraremos muchas más razones para no cambiar nuestros libros por archivos en una carpeta del móvil o tablet.
Una de ellas es la solidez del formato. Un libro físico es algo que suele costar más dinero que uno digital (salvo horripilantes excepciones) y por ello resulta más difícil de ignorar que ese que nos pasaron por mail y tenemos en la cola de lectura. Un libro tradicional que está pendiente de leer es un pequeño reto mientras que el libro intangible acaba convirtiéndose en una obligación que causa algo de tedio.
Por otro lado tenemos el acto simbólico de dejar un libro. Es muy sencillo enviar un archivo por wassap y olvidarse de él. No tenemos que esperar a que nos lo devuelvan ni sentiremos la misma curiosidad por saber si lo han leído pues al fin y al cabo sabemos que solo se trata de un archivo más de los que recibimos regularmente. En cambio, prestar un libro de papel es un acto de confianza. Dejarle a alguien un libro implica quedar en persona, mirarse a los ojos, conversar, tomarse algo (¿Por qué no?) y esperar a que el ritual se repita para la devolución.
Y por último el libro en papel permanece. Sobrevive a subidas de tensión que destrozan discos duros, a formateos accidentales, a pérdidas de conexión y a necesidades de liberar espacio. Los libros discretamente ocupan un espacio que generalmente es respetado pues hasta el más insensible se resiste a la idea de sustituirlos por otros objetos, arrinconarlos en cajas o prenderles fuego. E incluso así, terminando abandonados en un desván, languideciendo por la falta de luz y atención, siempre puede suceder ese milagro de ser encontrados años después por generaciones futuras, curiosas y ávidas de cultura y saber que decidan darles una segunda oportunidad, abrir sus páginas y dar voz de nuevo a autores y autoras que quizás ya no estén allí en cuerpo, pero sí en forma de historias fabulosas que merecen renacer.

domingo, 27 de octubre de 2019

Acerca de expandir la creatividad



Hace poco vi anunciado en una red social un taller de escritura creativa que me llamó la atención, no por el taller en sí, sino por algunas características externas que he creído interesante comentar en voz alta.

En primer lugar debo decir que era un taller presencial, con lo que no quiero quitar valor de aquellos que se realizan online, aunque parece que eso le da cierta sensación de seriedad. En segundo me pareció curioso que no lo impartía un solo profesor sino que aparecían los nombres de al menos veinte escritores (todos desconocidos para mí, aunque eso no significa nada) que me hicieron pensar en la dificultad de impartirlo. Y no es que los escritores nos llevemos mal y nos odiemos entre nosotros, que algunas veces sí, pero por un tema puramente de estilo resultaría muy complicado llegar a un consenso para dar una clase con cierta coherencia. Y en tercero y último el precio del taller que ahora no logro recordarlo con exactitud, pero era bastante elevado tratándose de algo como “escritura creativa” que no proporciona más titulación que quizás un diploma simbólico de esos que da un poco de vergüenza colgar en la pared.

Por supuesto yo no soy nadie para juzgar ese curso ya que no conozco más detalles, ni asistí, ni nada más, pero el tema que me ha llevado a escribir esta entrada lo hallé ni más ni menos en los comentarios que generó el anuncio.

La discusión la comenzó una persona que afirmaba que un taller dedicado a la creatividad no era posible ya que se trataba de una característica intrínseca de algunos individuos y que eso no se podía enseñar. “Que alguien me explique como se puede enseñar a ser creativo” decía “o se es o no se es”. No podía estar más en desacuerdo, pero me abstuve de contestar ya que lo último que quiero en la vida es discutir vía redes con personas que no conozco, pero sí seguí el hilo para conocer la opinión de otras personas y me pareció bastante sorprendente. Entre comentarios sobre lo inapropiado del horario, lo elevado del precio y la pena de no haber contado con éste u otro autor, había mucha gente que apoyaba esa idea de que la creatividad no se puede enseñar y yo, de acuerdo solo en un ápice de la frase, voy a contraatacar aquí.

La creatividad no se puede enseñar, es cierto. Tratándose de un concepto algo abstracto y difícil de medir resulta muy complicado hacer nada con ella que resulte tangible y satisfactorio. Pero a pesar de eso sí se puede “despertar”, “estimular”, “expandir” y “desarrollar” entre muchas otras ideas. Ideas, repito, porque como he dicho hace nada, no tenemos forma de saber si esas enseñanzas surten efecto o no, más que siendo uno de los alumnos y comprobándolo en nuestras carnes.

Todos somos creativos en mayor o menor medida, eso es un hecho igual que el que todos tenemos la capacidad de nadar aunque algunos nos ahoguemos en un charco. ¿Se puede aprender a nadar? Si. Aunque en el caso de desplazarse por la superficie del agua tenemos un acto físico y tangible. Se ve a la legua quien sabe nadar y quién chapotea desesperado mientras engulle litros de agua, algo que la creatividad no nos proporciona. Pero todos tenemos esa capacidad y realizar algunos ejercicios de concentración, desarrollo y sobretodo estimulación a base de práctica ayudan a mejorarla, sin duda.

Por eso quiero decir, ya como colofón final antes de meterme en mi cueva de nuevo, que todos aquellos que duden acerca de si la creatividad se puede enseñar/ aprender, traten de participar en algún taller, quizás no tan caro y pomposo como el arriba descrito, ya que intentarlo no cuesta casi nada y a veces que a uno le hagan cambiar de opinión sobre un tema como este resulta doblemente edificante.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Nuestro último tesoro


Llevo meses anunciándolo, dando pistas y dejando pequeños fragmentos para crear eso que hoy en día se llama “hype” que vendría a traducirse como “falsas expectativas sobre un producto que todavía ni existe” sobre mi nueva publicación llamada “Nuestro último tesoro” y que por fin está a la disposición del gran público, incluyendoos a vosotros, queridos lectores de este blog.  Pero por si resulta que tanto “hype” ha caído en saco roto, os voy a explicar un poco de qué va todo esto.

¿Qué es “Nuestro último tesoro”?
Mi quinta publicación en papel, sin contar antologías y demás, y a la vez mi primera novela, es un relato de unas noventa páginas que comencé a escribir hace un par de años, terminé en octubre del anterior y que llevo desde entonces revisando, corrigiendo, maquetando y dándole vueltas al modo de publicación, que al final ha sido la autoedición “pura” es decir sin apoyo de ningún experto en la materia. ¿El resultado? Una novelita ligera, que se lee en cuatro ratos y que condensa varias ideas que giran en torno a un argumento más simple que vertebra la obra entera. Pero paso a explicar algunos detalles.

¿De qué va ese libro?
La pregunta del millón; esa que si no eres capaz de responder no te vas a comer una rosca literaria. Nuestro último tesoro cuenta la historia de cuatro ancianos que viéndose pasar los últimos años de su vida encerrados en un asilo de mala muerte, deciden trazar un plan para huir e instalarse en otra residencia para la tercera edad, mucho más lujosa. Es la historia pues, de una evasión, una huida evitando a la policía que les busca creyendo que simplemente se han desorientado y se han perdido, y de la compleja infiltración en el nuevo asilo. Pero hay algo más, ya que en su alborotado huida se llevan por error una caja de pastillas que contiene algunas anfetaminas y a causa de ese incidente su viaje se convierte en algo mucho más psicodélico de lo que habrían podido imaginar en un principio.
Pero “Nuestro último tesoro” es sobretodo un relato de amistad, de compañerismo y superación, además de un cuento sobre la vejez, la resignación y la soledad. Vida y muerte al fin y al cabo, relatadas desde ese instante de la senectud en el que se encuentran tan cerca la una de la otra.
Es una novela algo dura en algunos puntos, pero cargada de humor y retazo de fantasía, así como los recuerdos de juventud de unos ancianos, algunos buenos y otros no tanto.

¿Y por qué deberíamos leer tu libro y no el último de Dan Brown, por ejemplo?
Esa es una buena pregunta. Podría ir a lo fácil y decir que leer el Tele indiscreta es mejor que acercarse a las obras de Dan Brown, pero no quiero caer en lo vulgar y seré sincero: No hay motivo para no hacerlo. No voy a vender mi libro diciendo que es único e indispensable para cualquier amante de la lectura ya que todos los libros son únicos y realmente ninguno indispensable y ni siquiera hay que ser un amante de la lectura para leer. Mi novela quizás no tenga nada que la haga destacar sobre las demás ni llegue a convertirse nunca en un “top” de ventas o crítica pero ahí está, por un precio creo que no muy elevado, a vuestra disposición desde ya. Para que podáis elegir, decidir y si sale elegida entre otros millones de libros, leer. No hay más. Ni menos.

¿Y como puedo adquirir el libro?
Otra pregunta que me gusta. Como se nota que me las hago yo mismo. Para adquirir el libro hay dos opciones: la primera es adquirirla en alguno de los puntos de venta oficiales de “Nuestro último tesoro” que son en Amposta (Tarragona) la librería “Pont del Grao” y en Novelda (Alicante) la papelería “Nou Rojet”. Del mismo modo el libro estará presente en eventos varios de toda España distribuido por NEUH (No es un hobby) que lo tendrá en sus stands y como no, por correo pidiéndomelo directamente a través de mi email capdemut@gmail.com . El precio del libro en cualquiera de sus modalidades es de 8€, incluyendo envío ordinario a toda España.

Y nada más. Con esta información que me parece más que suficiente me despido. Estad atentos al calendario de eventos donde se podrá encontrar éste y otros de mis libros e incluso a mí en persona, porque serán bastantes.
Abrazos y besitos en los ojos.

jueves, 15 de agosto de 2019

"Los olivos no rezan", de Toni Diaz


“Los olivos no rezan” es una novela escrita por Toni Díaz y publicada por “Edicions locals” que representa la continuación (y final) de la historia contada en “De París a Barcelona”, obra del mismo autor y editor. Tuve la suerte de conocer a Toni personalmente hace poco y acudir a la presentación de este libro donde aseguró que a pesar de tratarse de una segunda parte, era perfectamente comprensible como historia independiente, por lo que conocedor de la dificultad que eso entraña, decidí comprarla para comprobar si era cierto, y también como reto personal, ya que no soy muy aficionado a la novela negra y de vez en cuando viene bien abrir un poco la mente.

Una vez lo tuve en mi casa y comencé a leerlo, debo reconocer que la primera impresión no fue especialmente buena. No solo tenía el género en mi contra si no que al tocar el tema de la mafia, el narcotráfico y la prostitución, que no son asuntos que me resulten gratos debido a motivos personales, hicieron que me planteara seriamente dejarlo abandonado. Y abro paréntesis.

No sé si soy yo es el mundo, pero últimamente siento cierto placer en dejar libros a medias, como si algo dentro de mi se sintiera bien al ser capaz de desestimar algunas obras en detrimento de otras, con una especie de sentido crítico implacable. Pero finalmente por cercanía con el autor, decidí seguir un poco más. Y no me arrepiento de ello. Cierro paréntesis.

Después de unas primeras páginas algo confusas por la presentación de personajes (supongo que de la novela anterior) y una prosa quizás demasiado descriptiva para lo que estoy acostumbrado a leer, la novela va cogiendo ritmo. Y qué ritmo.  No sólo la trama principal se convierte en algo complejo y emocionante si no que las escenas de acción, que las hay y muchas tal y como requiere el argumento, resultan estar perfectamente descritas por Toni que crea unas coreografías muy visuales para describir desde peleas de bar hasta tiroteos a gran escala.

A lo largo de la novela nos encontramos con una gran variedad de personajes, casi todos ellos de dudosa moralidad y código ético pero con la suficiente personalidad como para que empaticemos con algunos de ellos y acabemos odiando a los otros, lo cuan convierten la lectura en algo ameno a la par que emocionante.

Y así a modo de resumen final sólo diré que “Los olivos no rezan” es una lectura que recomiendo, se haya leído la primera parte o no, seas aficionado a la novela negra o no y por supuesto, una lectura que recomiendo a quien le guste leer, así en general, y que sea capaz de entender que algunas veces, los buenos libros no se encuentran en las estanterías de grandes cadenas de librerías si no en las manos de pequeños autores, algunos de ellos como en el caso de Toni muy jóvenes, y que no tienen nada que envidiar a escritores consagrados que todos conocemos.

lunes, 29 de julio de 2019

El fin del proceso creativo


Los procesos creativos que llevan hasta la publicación de una obra escrita, como puede ser el caso de una novela, son tan variados como escritores haya. Cada autor tiene su propia forma de buscar la inspiración, estructurar sus ideas y plasmarlo en el papel. Pero a partir de ahí, cuando el manuscrito está listo y se busca darle forma física para poder presentarlo al público, el proceso es siempre el mismo. Pero no por ello resulta más fácil o relajado.

En estos momentos tengo mi próxima obra escrita, revisada, corregida y con algo de esfuerzo (reconozco que me ha resultado imposible solicitar un número de depósito legal por Internet a pesar de la cantidad de opciones y modos de hacerlo), he logrado llegar al paso final que es mandarlo a imprenta. Y este es precisamente el momento más complejo y que me produce mayores inseguridades. ¿Estarán correctos los archivos que he mandado? ¿Habré elegido bien el tipo de papel, encuadernación, cubiertas..? ¿Serán los tipos de la imprenta lo suficientemente profesionales como para revisar los archivos antes de transformarlos en papel? ¿Llegarán los libros a tiempo a mi casa para cumplir los plazos que yo mismo me he puesto para el lanzamiento y la presentación? Y toda esta incertidumbre se traduce en estrés, en dormir regulinchi, en no dejar de mirar el correo electrónico a la espera de noticias y en definitiva a un estado de expectación continuo que me hace replantearme esta forma de trabajar.

Y al final llego a la conclusión de que quizás no quiero seguir autoeditándome; que puede que lo mejor sea buscar una editorial pequeña, a pesar de las malas prácticas que utilizan la mayoría, quizás incluso una empresa de servicios editoriales que me cobre de más pero a la que poder volcar todas las responsabilidades y escudarme tras ella para evitar toda mala sensación. Quizás sea lo más sencillo, rápido y que finalmente me reporte los mismos beneficios, es decir el simple hecho de sacar una obra a la calle y exponerla a mi antojo y dentro de mis limitadas posibilidades.
El problema es que creo en la autoedición. Creo en lo que hago y en cómo lo hago. Creo que como autor independiente y muy minoritario nadie tiene por qué beneficiarse de lo que hago más que yo. Y creo que al final, de algún modo que todavía no llegó a vislumbrar, será beneficioso para mí el tener el control total sobre mis obras. Aunque esto último es más una sensación que una certeza bien definida. Pero vuelvo al principio.

He llegado al final de un proceso creativo que me ha llevado casi dos años de dedicar mis ideas casi exclusivamente a este proyecto y ahora me siento agotado e incapaz de escribir nada más hasta que no pase un tiempo en el que pueda relajarme, coger aire y pensar en cual será mi próximo movimiento. Es como terminar una maratón y regresar a casa, tirarse en el sofá y poner música. Y eso se nota en mis blogs, cada vez más abandonados, mis redes sociales y en todo aquello que implique cierta constáncia. Pero solo espero que merezca la pena, que mi nueva obra de la que hablaré en la siguiente entrada vea la luz sin más problemas y que lentamente todo vuelva a la normalidad, con más eventos a los que asistir, ideas que desarrollar y por qué no, libros que publicar, sean autoeditados o no.

jueves, 20 de junio de 2019

Maricón Nocturno, justicia arcoiris


Cuando creé este blog, allá a principios de 2017, lo hice con la intención de promocionar mi literatura, ofrecer ayuda a escritores noveles (o más noveles que yo, por lo menos) y también reseñar libros ajenos para compartir experiencias de lectura y que esto no se convirtiera en el festival de ego que suele ser todo lo que toco. Pero por algún motivo, quizás pereza, desidia o simplemente porque no leo tanto ni tan bien, no me había atrevido a reseñar un libro ajeno hasta ahora. Y a pesar de que sigo sintiendo la inseguridad que proporciona la idea de "¿A quién le importa mi opinión?", creo que este libro merece ser comentado por su contenido, estilo, ritmo y por lo salvaje de la propuesta. Estoy hablando de "Maricón nocturno: Justícia arcoiris" escrito por Héctor Rubio, compañero de No Es Un Hobby y gran persona. Vamos allá.

Reconozco que soy un cobarde y un miserable pues aunque conocía este libro y me llamó la atención desde el primer momento, no fue hasta que su autor puso la versión digital del mismo temporalmente de forma gratuita, no me hice con él. Y lo que encontré fue una novela muy breve (unas 16.000 palabras, lo que se resume en sesenta y pocas páginas) que comenzaba con un buen número de advertencias por parte del autor, supongo que temeroso de levantar ampollas a causa de los tópicos a usar en su obra. Y no era para menos.

La acción transcurre en una ciudad (Barcelona quizás) repleta de tópicos y clichés tan evidentes y exagerados que rozan la parodia y alejan al lector de los prejuicios típicos que una lectura así podría alimentar.
Maricón Nocturno resulta ser una especie de superhéroe que patrulla las calles al anochecer evitando todo tipo de violencia como robos, violaciones y sobretodo ataques homófobos. Es en este último caso cuando el autor muestra todo su potencial sin escatimar en escenas violentas con un héroe que rompe mandíbulas, hace volar dientes y que incluso sodomiza a los agresores.
Por supuesto la historia tiene a un antagonista que es Gabriel, un policía que ha perdido totalmente el control de su vida y que se ve obligado a salir de sus rutinas de alcohol, videoconsola y masturbaciones sistemáticas para dar caza al justiciero.
Y como no, los malos, una banda de latinos machirulos que han decidido acabar con todo el colectivo lgtbi, poniéndose en el punto de mira de Maricón Nocturno.

Pero aunque hasta aquí el argumento nos parezca algo simplón, Héctor sabe dotarle de un toque único y un ritmo que hace difícil apartar la vista del papel (en mi caso la pantalla del ordenador) hasta que todo se resuelve. Y como se resuelve...

En definitiva y resumiendo mucho, Maricón Nocturno es una lectura rápida, fácil y entretenida que nos arrancará unas risas y nos hará pensar también en que es una ficción disparatada pero que se asienta sobre los cimientos reales de una sociedad a la que todavía le queda mucho por aprender. Es una lectura para la que hay que abrir la mente (y quizás otras cosas) para poder disfrutarla con todo su esplendor. Y como no, Héctor Rubio, autor también de Paranimals, un escritor al que hay que seguirle la pista.

Más información en https://www.voragine.digital/


Y aquí el booktrailer de la obra.


lunes, 20 de mayo de 2019

Una tertulia literaria



Son muchas las veces en las que pienso que estoy haciendo las cosas mal. No dejo de ver por las redes a escritores que venden libros y ven sus grupos de seguidores aumentando sin parar gracias a estrategias como centrarse en un único género, ceñirse a una única forma de publicación (a través de Amazon generalmente) y a trabajar, casi a tiempo completo, en las redes sociales. Por lo visto esa combinación de trabajo bien hecho, constancia y, por qué no decirlo, publicidad bien colocada, en algunos casos dan sus frutos con el tiempo. Pero yo no soy capaz de eso.

La regularidad con la que escribo se rompe al toparse con los distintos formatos que doy a mis libros, las maneras de presentarlos y promocionarlos, las dudas que me surgen a la hora de ofrecerlos al público y con mi escasa habilidad en internet, algo esencial hoy en día para darse a conocer. A veces me siento como si estuviera ante una barrera invisible que me impide avanzar en ciertas direcciones y que me resulta imposible romper. Reconozco que me frustro más de lo que me gustaría y que en ocasiones me dan ganas de hacer borrón y cuenta nueva, vender mi alma a alguna de esas "editoriales" que les ponen sellos de colorines a los libros y dejarme llevar por la apacible corriente de las ilusiones literarias. Pero siempre, de un modo u otro, acabo buscando la satisfacción en la cercanía, apuntándome a proyectos diferentes y rompiendo otras barreras que quizás no conduzcan al éxito y a la fama pero me proporcionan satisfacción a nivel personal. Y este fin de semana pude hacer algo de lo que estoy orgulloso.

Hace unas semanas decidí colaborar con otra de las actividades (de la anterior hablé en la entrada que hay más abajo) que organiza periódicamente el PEC (Punto de encuentro cultural de Novelda) y que consiste en realizar tertulias alrededor de una mesa para tratar temas relacionados con el arte y/o la cultura. Elegí hablar de la literatura "pulp" y su influencia en el arte audiovisual de la actualidad y a pesar de que la palabra "tertulia" implica que no iba a hablar solo yo, me preparé un texto extenso por si el público era escaso o menos participativo de lo esperado. Reconozco que llegué al lugar dudando. Se me da bien el entretener con mis textos y ocurrencias pero lo de esa tarde iba a ser pura teoría y hacer que la gente se aburra no entraba en mis planes, pero nada más lejos de la realidad.

El público fue numeroso para lo que suelo reunir, aunque menor que en anteriores encuentros por lo que me comentaron los organizadores, y pareció interesado por el tema a tratar. Debate hubo poco pero sí preguntas, comentarios y dudas que por lo general supe responder. Me encontré con caras nuevas, lo cual siempre es satisfactorio porque me permitió salir del cómodo público formado por familiares y amigos que habitualmente tengo y al final incluso me animé pude levantarme de la silla para relatar un pasaje bíblico (el primer relato pulp de la historia según los expertos en esa disciplina) en tono de humor, que lejos de levantar ampollas (temía que hubiera público religioso que pudiera ofenderse) pareció gustar.

Y después de escabullirme de los apretones de manos y las felicitaciones por el trabajo bien hecho volví a casa, preparé las cosas para enfrentarme a otra semana de trabajo normal de persona normal en un ejercicio de readaptación a la realidad que ya practico como un ritual. Como una purga. Como un quitarme el disfraz de escritor para volver a ser ese camionero hastiado... Aunque cada vez me siento más como si en realidad el disfraz fuera el otro, cubriendo con pudor al escritor que llevo dentro y que de vez en cuando se atreve a dar la cara en pequeñas manifestaciones como la tertulia de este fin de semana.

domingo, 14 de abril de 2019

13 voces


Hará cosa de dos meses me topé por la calle con V y G, conocidos míos de haber participado en el taller de literatura que impartí el año pasado y entusiastas del arte y la cultura, quienes me comentaron que llevaban en mente realizar un evento relacionado con la pintura y la poesía, al que accedí participar con los ojos cerrados. Llevaba ya algún tiempo inactivo y sin hacer apariciones públicas y tenía ganas de volver a pisar un escenario y ponerme detrás del micrófono.

Pero a medida que el tiempo pasaba comencé a dudar. ¿Pintura? Yo no tenía ni idea de pintura, ni siquiera conocidos aficionados a este arte, por lo que acudí en ayuda de B y P, también antiguas alumnas con la esperanza de que se animaran a participar y de paso, convocaran a conocidas suyas para ir rellenando el elenco de participantes.

La actividad iba tomando forma. Había que seleccionar libremente una obra de arte de cualquier época y escribir un texto poético sobre ella para leerlo a la vez que esa obra se proyectara al público. Teníamos evento definido y gente para llevarlo a cabo pero yo seguía con mi problema inicial. Seguía sin tener ni idea de arte. Y seamos realistas... ya estoy muy mayor para ponerme a estudiar.

Afortunadamente parecía que el concepto de "arte gráfico" abarcaba elementos desde las pinturas rupestres de Atapuerca hasta el diseño digital, lo cual me daba un margen más que aceptable para basar mi intervención en el cómic, algo que sí conozco. Comencé a rebuscar desesperado entre mis estanterías y entre Tortugas ninja, Bola de Drac, Hokuto no Ken y Mutant Chronicles encontré los cuatro números de la primera edición española de "El Cuervo" de James O'Barr, una historia doblemente dramática, tanto en la vida real como en la ficción. Parecía que al final sí que iba a encajar en el evento, cerrándolo además ya que iría en orden cronológico y me lancé a la piscina. Figuradamente, por supuesto, ya que no sé nadar ni pienso aprender nunca.

El equipo casi al completo

Y llegó el día. Trece personas de edades variopintas. Trece formas de entender el arte. Trece voces únicas. Se apagaron las luces, se abrió el telón , y ante un público expectante comenzaron a desfilar, una tras otra, desgranando palabra tras palabra, siglo a siglo, personalidades, estilos, tormentos y romances. Esperando mi turno habría dado un brazo por saber qué estaba pensando ese público silencioso. ¿Les estaría gustando o mirarían impacientes sus relojes deseando que se encendieran las luces? Reconozco que me puse nervioso, y no por falta de costumbre a enfrentarme al público sino porque esta vez no dependía solo de mi. Mis doce compañeros terminaron sus actuaciones magistrales ante mis ojos y llegó mi turno. No había lugar para la improvisación ni el chiste fácil. No podía fallarles. Y recité lo mejor que pude esas palabras que escribí también de la mejor manera posible. Silencio, luego aplausos, todos reunidos para la foto y entonces al mirarnos detenidamente me di cuenta sin necesidad de esperar opiniones externas, que todo había salido de maravilla. Trabajamos como un equipo que a base de pasión y voluntad había creado un vínculo invisible, algo mágico, que por un momento se convirtió en algo infalible, indestructible, como el Sol Invictus que proclamó en su día Elagàbal.

Después de eso sonrisas de satisfacción, enhorabuenas, palmaditas en la espalda y apretones de manos. Hasta la próxima, tenemos que repetir y seguimos en contacto; pásame esas fotos, no sabía que esa era tu madre y hazme follou en instagram. Nos despedimos, humanos de nuevo, tras ese momento de divinidad. Y es que a veces sienta bien lograr esa conexión que te hace flotar, pero siempre es reconfortante encontrar un suelo en el que apoyar los pies.

Y aunque dicen que los buenos poetas son aquellos que queman sus obras tras recitarlas, yo no me considero uno de ellos y voy a exponer aquí la mía. 


Naciste de oscuridad, dolor, rabia,
zarcillos de sombras cubriendo toda razón.
Emergiste como una ballena herida por arpones oxidados,
tiñendo de rojo toda visión.

La noche en la que ese teléfono no dejaba de sonar,
las luces se apagaron y su imagen de desvaneció del presente/ y el futuro.
El instante en el que el latido cesó para ser sustituido por el tínitus agudo de un dolor que no haría más que aumentar.

Naciste de frío, miedo, vacío,
puño en alto clamando venganza.
Te hundiste como la ballena muerta que nadie reclama,
llenando de sombras el fondo del mar.

El día que el sol salió para todos excepto tu,
y aprendiste que aunque nunca llueve para siempre, hay manchas que jamás desaparecen.
El momento en el que el cuervo se metió en tu cabeza pidiéndote que no miraras/ a los ojos de la muerte.


PD: Quizás no he dicho que escribí un texto sobre una segunda obra, pero se trata de un olvido premeditado. Esta segunda la voy a ocultar en el escondite habitual.

lunes, 8 de abril de 2019

La importancia de la foto


El otro día estaba viendo (de reojo pero lo estaba viendo) uno de esos programas de famoseo y aparecía un señor denunciando una supuesta campaña de marketing fraudulenta orquestada por un famosete de tres al cuarto ahora convertido en “exitoso” disc jockey. Por lo visto ese famoso, bien situado económicamente, había comprado varias actuaciones, además del público para que la gente creyera que estaba triunfando cuando en realidad no era así. ¿Y por qué querría alguien comprar un supuesto éxito? Supongo que por temas de ego, autoestima, falta de tiempo, exceso de dinero o, como es el tema del que quiero hablar hoy aquí, publicidad.

Hoy en día las redes sociales lo salpican todo. Cuando vemos un nombre desconocido en alguna parte solo tenemos que sacar el móvil de nuestra riñonera, escribirlo en el Google y a no ser que se trate de algún outsider, tendremos su foto y sus datos básicos en la palma de nuestra mano. Y con ello tendremos también una primera impresión. ¿A qué se dedica? ¿Como viste? ¿Cuales son sus inclinaciones políticas e ideológicas? Y es por este mismo motivo, por esta dualidad entre el exhibicionismo y la ausencia de privacidad que todos mostramos nuestra mejor cara en las redes. Y al tema escritura me remito.

Perico de los palotes, escritor. Por poner un ejemplo, ya lo habréis notado. Le buscamos en el google porque vamos a compartir mesa con él en una firma, feria o lo que sea y vemos su instagram. Aparece un señor hablando por un micrófono ante una audiencia que le escuchan expectantes, luego en la puerta de una librería donde tiene una estantería para él solito exhibiendo su libro, otra firmando ejemplares a una pareja que le miran con ojos amorosos de fan devoto, exhibiendo muy serio un contrato editorial, en una entrevista en la Cadena Cope… Y pensamos “este tío lo peta”.
Luego nos encontramos con él y tras un rato hablando descubrimos que esa audiencia de la presentación era su familia y amigos, el de la librería le colocó la estantería solo para hacerse la foto, la pareja que le pedían el autógrafo su hermana y cuñado, el contrato editorial era de una empresa de servicios editoriales y lo de la radio… Un amigo de su mujer trabaja allí y la emitieron un miércoles a las cuatro de la madrugada.
Y entonces descubrimos que ese señor que parecía estar en la cima del mundo en realidad es otro miserable que pelea por lograr una venta, algo de reconocimiento y visibilidad y que sin el apoyo de sus allegados más le valdría escribir en un blog y dejarse de ínfulas literarias.

“Qué cabrón Perico de los Palotes, como engaña a la gente” podríamos pensar, pero seguramente con un rápido vistazo a nuestras propias redes sociales descubriríamos que nosotros hacemos lo mismo al fin y al cabo. Ponemos la foto familiar de ese día que fuimos a Disneylandia en lugar de la comida a base de sobras recalentadas del domingo pasado, el descenso en mountain bike que nos marcamos hace quince días con ese equipo que ya no nos hemos vuelto a poner, en lugar del habitual paseo con las niñas por el carril bici y si nos metemos en el tema literatura… Nadie le pide al fotógrafo que saque una de las sillas vacías, la gente que lee otros libros o de tu cara de desesperación en esa feria del libro en la que nadie se acerca a ti ni para saludarte.
Nadie quiere fotos de la normalidad. Hay que mostrar, lógicamente el lado brillante. Y volvemos al famosete de antes.

El famosete compra una foto de éxito donde no lo hay. El fotógrafo hace su trabajo y no le acompaña a su casa a retratar como se come un plato de macarrones con tomate. Pero ese famosete sube a Twitter la foto diciendo “Llenazo total esta noche en la sala Tal” y el público se creen que así ha sido, que si ha acudido tanta gente será porque ese tipo al fin y al cabo sabe, que qué pena no poder haber acudido y con un poco de suerte a la próxima ocasión no fallarán. El marketing va dando sus frutos. Si a ese escritor le entrevistan en la Cope será por algo, habrá que acercarse a su próxima presentación no sea cosa que nos estemos perdiendo algo importante.
Y así estamos, añadiendo la profesión de actor a cualquier otra que tengamos, sacando fotos y contando anécdotas en el lado de la luz y reptando cuales gusanos por los rincones cuando los focos se apagan. Soñando con meternos en una crisálida para reaparecer alados y coloridos cuando no queremos darnos cuenta que nosotros no somos gusanos de esos. Somos de los que son siempre gusanos y solo vuelan cuando caen por el borde de la mesa.

Pero qué bonitas las fotos puestas en el Instagram así ordenaditas para que todos vean lo que nos lo curramos y como molamos.

Amor de primate. Una breve novelita de muy pocos megabytes.

Hay quien dice por ahí que los buenos tiempos del papel ya han llegado a su fin; que entre pdfs, kindles, podcasts y audiolibros, el libro t...