domingo, 31 de enero de 2021

Cambio de rutinas.

Hace cosa de un año (un poco menos, pero no entraremos en exactitudes temporales) sufrí un afortunado revés del destino y pude cambiar de trabajo de una forma bastante radical, pasando de ser un abnegado empresario, a trabajar como funcionario de la sanidad pública. Ahorraré los detalles porque ni son interesantes ni este nuevo trabajo definitivo, ni mucho menos, pero sí es cierto que el cambio de rutinas supuso todo un desafío a la hora de organizarme para escribir.

Hasta ese momento y desde hacía muchos años, la escritura era además de una pasión, una forma de rebelión; cada mañana me levantaba de la cama una hora antes de lo debido para plasmar mis ideas en papel (real o virtual), casi como una obsesión, un ritual que no podía dejar de repetir ya que todo lo demás me parecía tiempo perdido. Si algo puedo sacar en positivo de esa época es precisamente la forma de escribir, con constancia y algo de rabia, que me proporcionó años de inspiración para lograr mantener tres blogs y publicar otros tantos libros y relatos. Pero desde marzo todo es distinto.

Pasar de un horario a tiempo completo de camionero, al de jornada intensiva en el hospital, me dejó muchísimo tiempo libre que lejos de aprovechar para escribir, hizo que mi mente se dispersara en otras muchas actividades. Ahora por fin podía sacar tiempo para la familia, para ir a pasear, para salir con la bici, jugar a videojuegos, quedar con amigos, escuchar música con la luz apagada y los ojos cerrados… y precisamente este aumento de tiempo libre me quitó la necesidad de escribir. Reconozco que he perdido mucho, pero tampoco puedo reprochármelo.

Había llegado el momento de replantearme mis rutinas, mi dirección artística y enfocarme de una vez en la dirección que creyera correcta, pero entonces sucedió un nuevo cambio laboral. De pronto pasé de trabajar en un hospital, en primera línea de contacto con los pacientes, a estar metido en un cubículo haciendo de teleoperador. Mi nuevo e inesperado destino podría parecer más cómodo a primera vista pero la ansiedad no tardó en apoderarse de mi. Siete horas seguidas atendiendo a un teléfono que no parecía dispuesto a dejar de sonar ni un instante, reproches, gritos e insultos desde el otro lado, broncas desde arriba, ignorancia sobre aquello que supuestamente debía saber desde mi interior… He de reconocer que de todas mis experiencias laborales hasta el momento (que no han sido pocas ni agradables), esa estaba siendo la peor con diferencia. Perdí el hambre, la capacidad de descansar por las noches, estaba adelgazando de forma alarmante y los mantras que debía repetir una y otra vez al auricular comenzaban a hacer mella en mi mente. Así que busqué la única forma de escapar: escribiendo.

Con un pedazo de papel junto al teclado, me hacía con una frase que sirviera de punto de partida y a partir de allí iba hilando un relato, escribiendo palabras sueltas cuando el teléfono me lo permitía, buscando así una estructura en la que formar un hilo conductor que terminara dándole un sentido lógico a todo ese galimatías en el que estaba sumido. Algunos días resultaba imposible, pero otros lograba llevarme a casa un pequeño relato que, más o menos afortunado, me demostraba que yo seguía allí, resistiendo.

Ahora ya llevo seis meses en mi cubículo. He aprendido y he hallado la forma de sobrellevar la situación, además de haber acumulado una buena cantidad de relatos que he pensado en publicar en mi nueva cuenta de Twitter @JCRosa18 (el 18 lo ha colocado el sistema automáticamente, no es mi edad) y quiero invitaros a seguirla y leerlos por allí. Si lo hacéis, nos vemos allí, y si no… no.

jueves, 3 de diciembre de 2020

El necesario resumen anual.

 


    Diciembre ha llegado y evoca la necesidad de mirar atrás, hacer balance del año y en el caso de este extraño 2020, agarrarnos a la conformista idea de que por lo menos, seguimos vivos. Pero no podría empezar esta entrada sin pedir disculpas por mi larga ausencia de este blog, que por si alguien se pasa por aquí sin saber qué ha sido de mi, podría pensar que me he dejado llevar por la apatía y el tedio para acabar abandonando esta enfermedad llamada escritura. Pero no.

   Para seros sincero, debo reconocer que comencé este año cargado de planes, ideas y eventos. Con mi último libro recién sacado del horno, decidí organizar una gira de presentaciones que con mucha (mucha, de verdad) dificultad logré ir cerrando con diferentes ayuntamientos y bibliotecas. Supongo que no haría falta decirlo, pero organizar algo tan sencillo como la presentación de un libro puede resultar muy costoso a nivel burocrático y uno termina encontrándose con varias piedras en el camino. En primer lugar diré que las presentaciones de libros en librerías son sencillas, ya que hay que dejar una buena parte de los beneficios al librero, pero al hacerlo a través de instituciones públicas la cosa es menos rentable para ellos y no se esfuerzan tanto en hacerlo posible. Solicitar locales, cuadrar horarios, ir a hablar con responsables varios, contactar con medios de comunicación… Al final se va muchísimo tiempo y al menos en mi caso, me habría resultado imposible sin ayuda. Pero como ya sabréis, en marzo llegó un virus letal desde el este y todas mis fechas fueron canceladas, dejándome encerrado en casa con un montón de cajas de libros que había reimpreso, con la consiguiente pérdida económica que ello me acarreó. Pero la vida debía seguir.


 

   Con toda la convulsión de la pandemia aproveché para cambiar mi trabajo de camionero, que me ocupaba la gran mayoría de mi tiempo, por uno que me dejaba abundante tiempo libre, y aunque he estado escribiendo mucho, el parón cultural que hemos sufrido ha hecho que no me tomase mis nuevos escritos muy en serio. En lugar de ello, aproveché para hablar con la diectora del canal de televisión local para proponerle presentar un programa sobre literatura, algo a lo que accedió y que en estos momentos se está emitiendo con una frecuencia quincenal y que me resulta sumamente divertido y estimulante.

   Y como no, aproveché para sacar a la luz dos proyectos que tenía en cola. El primero fue “Lejos de Wonderland”, la siguiente entrega de la saga que partió de ese ya lejano “La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp”. Y el segundo el comic “Coses del Sud” que aunque estuvo dibujado y guionizado por el artista Tarraconense Ramon Sarlé, el argumento era de mi autoría y pude supervisar todo el trabajo. También hay que apuntar que en el breve periodo de optimismo que nos brindó el dichoso virus en octubre, pudimos presentar ambas obras con un éxito notable.


 

   ¿Y algo más? Pues supongo que ya sabréis que también este año se publicó el primer número de la revista digital “Cronicas epatantes” de la que ya hablé en la entrada y acordé una colaboración con la revista “Monovar” que se publicará en breve y llevará un relato de mi autoría ilustrado por el señor Sarlé.

   Resumiendo diré que no ha sido un mal año a pesar del varapalo de la cancelación de la gira y que a veces hay que sacar provecho de las tormentas para navegar más rápido, aunque sea en una dirección no prevista de antemano.

   ¿Y para el año que viene? Es pronto para decirlo porque todavía queda un mes, pero la idea es seguir ahí, escribiendo, quizás sacar otra entrega de la “Saga Wonderland”, quizás el segundo número de “Crónicas epatantes” y en la tele hasta que me echen por decir cosas raras. Y por supuesto, la idea es seguir con este blog, subiendo actualizaciones, artículos y a partir de enero también algunos relatos, porque como creo que ya he dicho más arriba, se me están acumulando de mala manera.

   Un saludo, feliz fin de año y atentos porque me pasaré por aquí de vez en cuando y os vigilaré.

sábado, 30 de mayo de 2020

Crónicas epatantes ya está aquí

Podría deciros que llevaba meses, quizás años, dándole forma en mi cabeza a esta idea, pero os estaría mintiendo vilmente. La cruda y simple realidad es que cuando estaba a punto de publicar mi relato “La maldición de Onikage” (también conocido como “Un relato sin nombre” para los lectores de mi otro blog) de forma totalmente gratuita, libre y digital, se me pasó por la cabeza añadir un artículo que escribí hace poco más de un año para una charla que di sobre la literatura pulp y la idea de transformar el relato en una revista apareció sola. Después solo tuve que buscar a un par de personas dispuestas a colaborar de forma desinteresada y en muy poco tiempo la revista Crónicas epatantes estuvo lista para ver la luz.

¿Y en qué consiste esta revista?
Esencialmente se trata de una revista de relatos, artículos y quizás en futuros números también críticas de libros, cine etc. que pretende emular las publicaciones de principio del siglo pasado dedicadas a la literatura popular y en la que podían leerse historias de autores tan grandiosos como Poe, Lovercraft o Howard. Básicamente se trata de una forma de difusión de obras que por sí solas no llegarían demasiado lejos pero que quizás compartiendo espacio consigan abarcar a un público algo mayor. Y realmente, la revista Crónicas epatantes busca compartir buena literatura de forma rápida, económica y limpia.

¿Y qué vamos a encontrar en ella?
Como ya he comentado más arriba, la idea incial era la publicación del relato “La maldición de Onikage” de mi autoría, y por ello es este relato el que ocupa la mayor extensión de la publicación. Además contiene otro relato titulado “El de delante”, escrito por Jesús Puche (ex- damnificado de uno de mis talleres de escritura), así como el artículo “El viaje del héroe” de Albert Sarlé (que también es el portadista) y otro artículo titulado “¿Qué es el pulp?” con el que pretendo poner en situación al lector casual.

¿Y como se puede adquirir la revista?
No hay nada más fácil en el mundo, pues Cronicas epatantes está alojada en Lektu, página web dedicada a la difusión de obras a la que solo hay que acceder, poner el nombre de la revista en el buscador y registrarse de forma totalmente gratuita. Además la revista está en modo “paga lo que quieras”, es decir que aunque aparece con un precio orientativo de 1€, es posible modificarlo desde 0€ (la opción más popular) hasta la cifra astronómica que cada uno esté dispuesto a pagar. Por supuesto, todo el dinero recaudado de esta forma (si lo hay), será destinado a la sufragación de gastos de edición (que los ha habido) y a preparar con amor y dedicación el siguiente número.

Y nada más. Os dejo aquí el enlace para descargar la revista y espero que os toméis la molestia de echarle un vistazo y por qué no, dejar algún comentario en Lektu además de ponerle alguna estrellita, que eso viste mucho.
Saludos y hasta pronto.


martes, 21 de abril de 2020

Libros en tiempos de coronavirus


Vivimos tiempos extraños, más o menos complicados dependiendo de la situación personal de cada uno, pero casi en todos los casos y ámbitos, tiempos de cambios, de replanteamientos y de búsquedas de dirección vital. Las rutinas laborales se han visto alteradas, cuando no suspendidas, las familiares, sociales, comerciales y hasta nuestros hábitos y costumbres se han visto afectados de una forma en ocasiones radical. Y como no, el apartado artístico en general y literario en concreto, que es de lo que vengo hoy a hablar aquí, no ha sido una excepción.

Cuando todo este embrollo comenzó, se decretó el estado de alarma y llegó el confinamiento, se canceló la gira de presentación de mi última novela “Nuestro último tesoro”, dejándome tirado después de llevar casi dos meses preparando los eventos, concretando fechas y lugares. Reconozco que resultó desalentador, pero comprendiendo que era una situación excepcional, traté de tomármelo de forma positiva. Hoy en día las redes sociales nos proporcionan medios para llegar al público sin necesidad de contacto físico, y por ello quise unirme a todos aquellos que al igual que yo, se dispusieron a ofrecer su arte a precios reducidos o directamente gratis, para hacer más llevadera la situación a los demás y por qué no, aprovechar para promocionarse. Pero a veces pasa que las cosas cuantas mejores intenciones les pongas, más frustrante resulta el no ver resultados. Y así fue.

Las redes se inundaron de libros que habían pasado de costar dinero a ser gratuitos mediante pagos sociales (eso es mencionar que se ha adquirido tal producto en redes sociales para promocionarlo), sorteos, concursos, retos de escritura e ilustración, propuestas miles para ser capaces de compensar la falta de eventos, entre ellos el día del libro, ferias, presentaciones y charlas, mediante facilidades online. Y la cosa empezó bien, no os creáis. Yo mismo utilicé este blog para resubir viejos relatos, corregidos y reescritos, en un esfuerzo que esperaba que me reportase cierto “feedback” en forma de comentarios o menciones en otras redes, pero la realidad resultó ser una muy distinta.

No tardaron en aparecer las primeras quejas de autores que veían como sus pagos sociales eran descargados desde cuentas fantasma para no ser compartidas jamás, sus costosos libros eran leídos sin un mísero “like” y sus ofertas superespeciales quedaban olvidadas sin remedio. E igual que la literatura pasaba con la música de autores independientes, los cuadros de pintores que buscaban inspiración en el encierro, poetas, actores, bailarines y otras muchas disciplinas. Parecía ser que en pleno confinamiento, cuando el arte se había convertido en un bien preciado, todo seguía siendo igual de complicado que antes. Fue por ello que se hizo una llamada a la huelga, después desconvocada, para reivindicar nuestro lugar en la sociedad, aunque las cosas como sean, hacer huelga para protestar por el desamparo no es algo que suela dar resultados, al menos a corto plazo.

Ahora se acerca el gran día del libro, ese en el que personas que jamás han leído uno en sus vidas, lo compran para regalárselo a alguien o simplemente por el esnobismo de que le vean paseando con uno bajo el brazo por la calle, subir la foto a su instagram o echarse la medalla de que “yo leo, aunque ocasionalmente”, cuando aquellos que realmente gustan de la lectura no tienen que buscar excusas para comprar literatura. Y como no, decenas de miles de autores, tanto los independientes como aquellos amparados por grandes editoriales que verán por primera vez como se cierran sus espacios en las grandes ferias del libro, se echarán a las redes, nos echaremos a las redes, ya que me incluyo, implorando a los potenciales compradores que elijan nuestras obras en lugar que las de los otros, porque son buenos libros, divertidos y entretenidos, baratos además, y las cosas como sean, damos mucha penita metidos en casa escribiendo y sin poder salir.

Y es verdad lo de la pena. En mi caso por lo menos. La pena que me doy a mi mismo, como mínimo. Porque este no es un camino de rosas y si encima vamos descalzos por las zarzas, peor que peor. Y por ello me debato entre seguir haciéndome el escritor y tratar de aprovechar estas fechas para encasquetar algún libro, u ocultarme en las sombras, esperar a que todo esto pase, y meditar sobre la necesidad de escribir, su propósito y finalidad. Porque a veces renegar de uno mismo es la mejor forma de encontrar el camino.

jueves, 20 de febrero de 2020

El sex appeal de los malvados

 

Desde hace algún tiempo podemos fijarnos en la proliferación de algunos antagonistas clásicos de la literatura y el cine que se ven convertidos en protagonistas de sus propias historias. El caso de la película Joker quizás sea el más visible ahora mismo, pero en el ejemplo del cine hay otros muchos como Venom, Maléfica o Hannibal Lecter entre otros, al igual que pasa en la televisión, el teatro o la literatura, como no. Incluso en obras que no están protagonizadas por ellos, gran parte del público reconoce haber empatizado con la sombría figura del antagonista incluso más que la del héroe o heroína de turno. ¿Pero por qué pasa esto?

Hace poco leí un artículo en internet que vinculaba esta tendencia a que cada vez somos una sociedad más deshumanizada, menos empática y en definitiva más enfocada al mal y el egoísmo. Y no digo que éste no sea un mal argumento para un artículo de clickbait, pero yo tengo otra teoría que quizás sea más sencilla y menos agorera. Y esa es que los malos de las historias son, por pura necesidad de guion, personajes mucho más completos que los protagonistas. Paso a explicarlo.

Cuando estructuramos una historia solemos hacerlo partiendo de unos puntos básicos como son la ambientación (una ciudad futurista, un país medieval fantástico, una pequeña provincia de Nueva Inglaterra en la época colonial…), un conflicto (crisis medioambiental, una maldición mágica, ataques de nativos salvajes…), un protagonista encargado de solucionar el problema y un antagonista dispuesto a ponérselo difícil. En esencia esta es la base de todo relato pero si queréis que lo simplifiquemos más nos podemos meter en cualquier cliché y así no nos complicamos tanto: Una tranquila aldea del medievo se ve de pronto asolada por una maldición que hace que sus rábanos sepan a estiércol y la única forma de salvar sus cosechas es entregando una bella doncella al malvado brujo que vive en la torre de la colina. Entonces llega nuestro aguerrido caballero en escena, prometiendo librar a los pobres campesinos de esa amenaza para siempre.

Para crear el personaje del héroe deberemos tener en cuenta cosas como sus motivaciones, su personalidad y ponerle algunos defectos o debilidades para poder explotarlos luego en la historia y crear tensión. Quizás tenga miedo a las arañas por un trauma de niño y el brujo vaya a descubrirlo y usarlo en su contra. Pero en cualquier caso y pase lo que pase, el héroe superará el reto, derrotará al brujo y salvará a la doncella con quien se casará y comerán rábanos para siempre. ¿Pero qué ha pasado con el brujo?

En esta historia el héroe logra cumplir sus objetivos de hacer el bien, salvar al pueblo, superar sus miedos y debilidades y por lo tanto queda “quemado” a nivel narrativo. Pero el villano es otro asunto. ¿Por qué era malo? ¿Qué le llevaba a comportarse así? ¿Quizás no tuvo una infancia fácil o nadie le enseñó a controlar sus poderes; puede que viviera frustrado, sin amigos, recluido en soledad y que maldijera al pueblo entero en un desesperado intento por llamar la atención? Y además, ahora que el héroe le ha derrotado y ya no puede seguir viviendo en su torre… ¿Donde irá?

Como podemos comprobar los personajes malvados acostumbran a poseer muchas más capas que los buenos, abren muchos más interrogantes y tienen objetivos mucho más difíciles de cumplir. Quizás por eso Nodoyuna jamás ganaba una carrera, el coyote era incapaz de alcanzar al correcaminos o el Rey Hielo era incapaz de encontrar pareja. Porque sin ellos la vida del héroe no tendría mayor interés. Y a mi propia obra me remito como ejemplo.

Cuando escribí “En busca de Wonderland”, relato incluido en mi segundo libro “La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp” creé al personaje de Villano (sí, no me devané mucho los sesos poniéndole nombre) y me di cuenta al final del cuento que me resultaba mucho más interesante que la misma pareja protagonista. Fue por ello que en todos los relatos que han seguido la saga (actualmente publicados “Regreso a Wonderland” y “Un pacto en Wonderland”) el personaje de Villano ha tenido un papel principal, por encima de cualquier otro. ¿Pero donde pretendo llegar con todo esto?

Como he dicho al principio, que nos gusten los personajes malotes no significa que nosotros lo seamos debido a la influencia de una sociedad desnaturalizada si no que sencillamente suelen tener personalidades llenas de sombras, conflictos por resolver y en definitiva y como dirían los jóvenes de hoy en día, “movidas muy tochas” que hacen que nos enganchemos a ellos y queramos saber más.


Nota final aclaratoria: En todo momento en esta entrada me he referido a malvados de ficción, es decir personajes que no existen en la vida real y que por lo tanto podemos romantizar sin problemas. En el mundo real, a la mala gente ni agua.


martes, 14 de enero de 2020

Mitos y verdades sobre el ISBN


El International Standard Book Number, o ISBN para los amigos, es un código que podremos encontrar en la inmensa mayoría de libros, generalmente en las páginas de cortesía o incluso en la contraportada junto al código de barras y que sirve para identificar ciertos parámetros del mismo como la editorial de la que proviene, el país en el que se ha editado etc... Desgraciadamente con el paso de los años se le han ido atribuyendo algunas cualidades que no posee, hasta el punto de mitificarse de una forma bastante innecesaria. Con esta breve entrada trataré de arrojar algo de luz sobre él y orientar de paso a nuevos autores sobre si deben o no incluirlo en sus obras. Vamos allá.

Lo primero a tener en cuenta y lo voy a poner bien grande es que el ISBN NO es obligatorio. Desde hace ya unos cuantos años cualquiera puede publicar un libro sin tener que tramitarlo y sin obligación alguna de tener su libro registrado en ninguna parte.
Otra cosa a tener en cuenta es que el ISBN no proporciona ningún tipo de derecho de autor. Aunque llegado el caso podría servir para demostrar la autoría de una obra robada o plagiada, hay que recordar que los derechos de autor se otorgan de forma automática a éste en el momento de publicar una obra, sea en papel u online y no es necesario realizar otra acción para ello. En este sentido el ISBN es igual de válido que el registro de propiedad intelectual o un simple código de Safe Creative, por ejemplo.
Por último y metiéndonos en el submundo del folklore popular más oscuro debo decir que el ISBN no es ninguna garantía sobre la calidad de la obra. Sé que no debería decirlo, pero no está de más recordarlo. Hay gente que cree que los ISBN son otorgados por las mejores editoriales solamente a los libros más selectos, como un código de calidad incuestionable. NO es así. Cualquiera puede solicitar un ISBN y ponérselo a la lista de la compra si lo desea. Y adentro anécdota.

Recuerdo que hace un par de años, cuando publiqué "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" y lo estaba promocionando online, un señor se mostró interesado por el pdf del libro y tras indicarme que 4€ le parecía un precio excesivo me comentó que no me lo iba a comprar porque no tenía ISBN y eso no le garantizaba que mi libro tuviese calidad alguna. No quise entrar en explicaciones sobre este tema, así que dejé correr a ese cliente potencial y me dediqué a buscar a otro público menos tiquismiquis y mejor informado.
Curiosamente de mis cinco libros publicados hasta la fecha "La onomatopeya..." es uno de los dos que llevan ISBN.

Y ahora os estaréis preguntando porqué si ese número no sirve aparentemente para nada, habría que pagar los 50€ (aproximados, desconozco como está la tarifa actualmente) que piden por él. Pues ahí van algunas razones.

Aunque ya no es obligatorio, el ISBN es el código identificativo que utilizan librerías, distribuidoras y bibliotecas para clasificar los libros. Sin él, la tarea de meterlo en una base de datos y archivarlo se complica hasta el punto de que pueden rechazarlo directamente. Yo mismo he tenido alguno de mis libros sin ISBN etiquetado como "artículo de regalo" en librerías, con la consiguiente dificultad a la hora de verlo en estanterías y para recuperarlo llegado el momento de quitarlo de la venta. Igual pasa con bibliotecas que no encuentran la forma de exponerlo o meterlo en sus redes internas con las que se comunican con otras bibliotecas en busca de información de autores o búsquedas de ejemplares.

Es por ello que debemos tener claro antes de solicitar el trámite del ISBN qué queremos hacer con nuestra obra, hacia donde encaminarla y a qué público llegar. Un libro con grandes expectativas de proyección debería llevar ese código o se encontrará muchas puertas cerradas, pero si lo que queremos es venderlo en mano, sean ferias o eventos propios, o directamente a través de nuestra web/ redes sociales, es un dinero y una molestia a ahorrarnos.

Y esto es todo lo que puedo contar sobre este bello código. En próximas entradas hablaré sobre el depósito legal, ese otro trámite que lleva de cabeza a algunos y que al contrario que el ISBN sí es obligatorio... con algunas excepciones.

lunes, 2 de diciembre de 2019

¿Papel o digital?


El papel tal y como hoy lo conocemos lleva siendo desde hace más de dos mil años el soporte de nuestra cultura, historia y el testigo del avance de nuestra civilización, permitiéndonos preservar y compartir todo tipo de información, desde ensayos científicos a ficción. El formato libro, es decir varias páginas encuadernadas y protegidas con cubiertas de mayor grosor llegaría hace no tanto a nuestras manos para convertirse entre otras cosas, en el formato por excelencia para la literatura. Pero en estos últimos años hemos visto como los archivos digitales, que pueden ser transportados masivamente en dispositivos de toda índole sin pesar ni ocupar lugar, están desplazando al libro tradicional. Y aunque muchos auguran que es el fin del hasta ahora rey de los soportes de palabras escritas, quiero romper una lanza a favor del viejo papel y destacar las ventajas del libro físico frente al electrónico. Allá voy.
Que sí, que ya lo sabemos, que el olor, el tacto, el peso, la facilidad de lectura al no cansar la vista… Los defensores de los libros tenemos muchos argumentos, algunos realmente poéticos, para defender aquello que nos gusta, pero si nos ponemos pragmáticos, encontraremos muchas más razones para no cambiar nuestros libros por archivos en una carpeta del móvil o tablet.
Una de ellas es la solidez del formato. Un libro físico es algo que suele costar más dinero que uno digital (salvo horripilantes excepciones) y por ello resulta más difícil de ignorar que ese que nos pasaron por mail y tenemos en la cola de lectura. Un libro tradicional que está pendiente de leer es un pequeño reto mientras que el libro intangible acaba convirtiéndose en una obligación que causa algo de tedio.
Por otro lado tenemos el acto simbólico de dejar un libro. Es muy sencillo enviar un archivo por wassap y olvidarse de él. No tenemos que esperar a que nos lo devuelvan ni sentiremos la misma curiosidad por saber si lo han leído pues al fin y al cabo sabemos que solo se trata de un archivo más de los que recibimos regularmente. En cambio, prestar un libro de papel es un acto de confianza. Dejarle a alguien un libro implica quedar en persona, mirarse a los ojos, conversar, tomarse algo (¿Por qué no?) y esperar a que el ritual se repita para la devolución.
Y por último el libro en papel permanece. Sobrevive a subidas de tensión que destrozan discos duros, a formateos accidentales, a pérdidas de conexión y a necesidades de liberar espacio. Los libros discretamente ocupan un espacio que generalmente es respetado pues hasta el más insensible se resiste a la idea de sustituirlos por otros objetos, arrinconarlos en cajas o prenderles fuego. E incluso así, terminando abandonados en un desván, languideciendo por la falta de luz y atención, siempre puede suceder ese milagro de ser encontrados años después por generaciones futuras, curiosas y ávidas de cultura y saber que decidan darles una segunda oportunidad, abrir sus páginas y dar voz de nuevo a autores y autoras que quizás ya no estén allí en cuerpo, pero sí en forma de historias fabulosas que merecen renacer.

Cambio de rutinas.

Hace cosa de un año (un poco menos, pero no entraremos en exactitudes temporales) sufrí un afortunado revés del destino y pude cambiar de t...