domingo, 4 de marzo de 2018

Sobre los certámenes literarios




La primera vez que participé en un concurso literario fue hace casi veinte años. Recuerdo perfectamente cuando le comenté mis intenciones a Clara, mi mentora y guía en este mundo y como ella desde detrás de la mesita que hacía de mostrador en su pequeña librería de estanterías abarrotadas me decía eso de “Adelante, pero no te desmoralices si no ganas, que hay mucho concurso amañado ahí afuera”. Tal idea me resultó realmente chocante. “¿Concursos literarios amañados? Imposible.”, pensé. Y es que para mi la literatura era ese campo sagrado, intocable, incorruptible, y pensar en trampas o malas prácticas era como rebajarlo a la altura del fútbol o similar. Cuánto me quedaba por ver…

La cuestión es que empecé con buen pie. El primer concurso en el que participé, que era un certamen literario con cierta trayectoria, quedé finalista con un relato que veinte años después rebautizaría como “De motores y monjas” y añadiría a mi primer libro “Textos de mediocridad e hiperrealismo”. No recuerdo si llegó a publicarse en una antología con varios cuentos seleccionados ya que en esa época mi acceso a internet era muy limitado y debía hacerlo vía pedir favores a algunos amigos que si estaban conectados. La cuestión es que tal posición me animó a seguir participando con asiduidad, quedando finalista, seleccionado o mencionado honrosamente en algunos casos o fuera de juego en muchos otros. Recuerdo que una vez me llamaron de una editorial para publicarme un relato en una antología, oferta que rechacé por ese orgullo juvenil del “quiero mi propio libro” el cual no me reprocho. Otra vez me publicaron un microrrelato en una recopilación de otro concurso… Era bastante optimista en esa época acerca de mis posibilidades de ganar alguna vez, pero no tardé en desengañarme.

El primer paso hacia esa decepción sucedió cuando empecé a leer los relatos ganadores de los concursos a los que participaba. Muchos de ellos parecían seguir un patrón más que ser obras completamente originales. Básicamente habían tres temas que se repetían en un gran número de relatos ganadores: Padres o madres con alzhéimer, niñas abusadas sexualmente por sus progenitores y violencia de género. ¿Temas de moda? ¿Recurrentes simplemente? ¿O acaso el jurado de estos concursos iba en busca de este tipo de relatos para justificar sus decisiones? En cualquier caso me negué a pasar por el aro y seguí escribiendo libremente.

El segundo caso y quizás el mas descarado fue cuando participé en un concurso de una ciudad cuyo nombre no quiero acordarme (de hecho no me acuerdo) y que celebraba un certamen literario a nivel local hasta que un año decidieron convocarlo también a través de internet. Según una nota de prensa enviada por el mismo ayuntamiento, se habían visto desbordados por la avalancha de obras, pasando de un centenar como era habitual, a varios miles de ellas llegadas de todas partes del mundo. Debido a ello el fallo del jurado se demoraría unas semanas más. Todo muy coherente hasta que se anunció que el ganador había sido… un joven de esa misma localidad. Y cuidado que no pongo en duda el talento de esa persona (de hecho nunca llegué a leer su relato) ni la honradez de ese jurado, pero… La cosa me hizo sospechar un poco. A pesar de eso hubo un último intento. Y termino ya.

Tenía 25 años ya cuando participé en un certamen que se celebraba en la población de Muro de Alcoi. Como tantas otras veces fui seleccionado como uno de los finalistas y se me envió un correo explicándome las condiciones para optar al primer premio. A primera vista me pareció cuanto menos, rocambolesco. Al parecer se iba a celebrar en la localidad algo llamado “cena literaria”, lo cual a oídas de un escritor en ciernes puede sonar muy romántico, pero que no deja de ser una cena con completos desconocidos, en la cual se anunciaría el ganador. Es decir, iríamos a cenar todos juntitos y en algún momento de la misma el anfitrión se levantaría y anunciaría solemnemente el nombre del afortunado. Pero había una condición: Si el ganador no había acudido a la cena… se le revocaría el premio y éste pasaría a manos de otro de los finalistas. ¿Cómo? Entonces el mérito de ganar no estaba tanto en la calidad del escrito si no en la presencia el día de la entrega de premios. ¿Y si no estaba allí el ganador? ¿A quién le daban el premio de entre los finalistas? ¿Habrían elaborado un ranking con un top-30? ¿Lo seleccionarían al azar? ¿O es que ya tenían al ganador seleccionado de antemano y sabían que éste sí iba a acudir a la cena? Esta última opción fue la que me pareció más pausible, teniendo en cuenta además que el precio del cubierto era de 40€ por persona. A ver si iba a ser todo ese asunto del certamen literario un negocio pactado con el del restaurante e íbamos a ser los pobres finalistas los que pagáramos no solo la cena si no también el premio del ganador… Por supuesto no acudí a esa cena. Ni volví a participar en ningún otro concurso. Hasta ahora.

De los 25 a los 35 me limité a escribir en mis blogs. Debo reconocer que escribir de cara al público da una interesante perspectiva sobre cómo expresarse claramente y acerca de los gustos de los lectores. De tal experiencia aparecieron mis ansias de publicar. A mi primer libro le siguió un segundo, el cual en una presentación llamó la atención de las personas a cargo de la página “Historias pulp” dedicada a la difusión de autores noveles así como de ellos mismos, escritores de indudable calidad. Además, periódicamente organizan un concurso que si bien no entrega grandes premios al ganador, sí resultan ser propuestas originales en cuanto a temática. Fue por esa frescura y por mi convencimiento de que los de Historias Pulp eran personas honestas por lo que me decidí a participar. En el primer concurso quedé seleccionado, y en el siguiente, por primera vez en 20 años y cuando ya creía que los primeros puestos eran para otras personas quizás tocadas con la gracia de los dioses, gané. 

Decir que me alegró el día seria una inexactitud. Fue mas bien como quitarme un peso de encima y arrojarlo sobre cierto restaurante de Muro, reduciéndolo a escombros. Recuperé la fe en las personas que creen en esto como una simple afición, pero que merece ser tratada con respeto y seriedad. Es por ello que os invito, oh escasos pero abnegados lectores a echar un vistazo a la página de Historias Pulp (podéis encontrar un acceso aquí a la derecha si estáis leyendo esto en formato web) y disfrutar de cuanta literatura en ella se expone.

¿Un consejo para los que estéis pensando en participar en este tipo de certámenes? Por supuesto: Adelante, pero no os desmoralicéis si no ganáis, que hay mucho concurso amañado ahí afuera.
Sí, ya sé que no es mío, pero es un gran consejo.

Finalmente, si queréis leer los relatos participantes en este certámen, los podéis descargar aqui.
O incluso escucharlos directamente en la audiorrevista aqui.

sábado, 24 de febrero de 2018

Pequeña guia de autoedición (4): Editoriales de autoedición, segunda parte



Llegamos a la cuarta parte de la guia y como estamos liados con el tema de las pequeñas editoriales y preocupados por si nos engañan con promesas demasiado bonitas, vamos con una de las más recurrentes y a la vez románticas: La distribución y disponibilidad.


Que un autor de un pueblo de la provincia de Murcia imagine su biografía en el escaparate de una librería de Vigo, es algo muy bonito. Las editoriales lo saben y por ello aprovecharán esa ilusión para ofrecerle a ese señor de Cieza (por ejemplo) la distribución nacional de su libro. Pero cuidado.
Al igual que las editoriales, las distribuidoras son… Empresas, exacto. Las distribuidoras se dedican a llevar los libros de aquí para allá a cambio de una “pequeña” comisión de cada venta. Generalmente un 60%, aunque las mas humildes se quedan solo con un 50%. Eso es una barbaridad. Quizás para ese youtuber que ha publicado “La vida cuando se apaga la webcam” no le suponga un gran problema, ya que poner su libro al alcance de miles de potenciales compradores le compense cualquier comisión, pero para Fernando, ese de Cieza que cuenta su dura infancia trabajando en el campo, quizás no le merezca la pena. Ni a él ni a la distribuidora. ¿Cómo solventar semejante problema? Muy fácil. Cambiando la palabra “distribución” por “disponibilidad”. El problema es que a Fernando nadie le explica eso y mientras él cree que su libro se expone en las mejores librerías del país, en realidad solo aparece en un catálogo que llega a manos del librero y que éste tan solo tendrá en cuenta si alguien le pide expresamente el libro. Triste, pero cierto. Al final, la única forma que tiene Fernando de llegar al público es mediante la promoción por sus propios medios (presentaciones, redes sociales, boca a boca… con lo que al final llegamos donde siempre: Podría haberlo hecho él solito sin ayuda de distribuidora. ¿Qué a un señor de Vigo le interesa su libro? En lugar de ir a pedirlo a la librería y dejar el 60% de su importe por el camino, pedírselo directamente a Fernando o a la editorial. Y esto nos lleva al segundo punto de esta entrada.

Publicitar un libro no es sencillo y menos con la cantidad de nuevos títulos en el mercado. Quizás hace unos años el decir “he publicado un libro” levantaba vítores y aplausos por parte del populacho admirado por tal gesta, pero hoy en día apenas despierta un mínimo interés. ¿Cómo destacar en este caso? Publicitando el libro.
Las editoriales nos ofrecerán publicidad, claro está. El libro será anunciado a bombo y platillo en sus redes sociales, en su página, nos montarán videorreportajes y nos entrevistarán en radios locales. Genial. ¿Repercusión? Seguramente ninguna. Seamos realistas. Tras el humo y los focos vamos a estar solos, como siempre, desnudos, eclipsados por muchos otros autores y libros. Además, en este aspecto también podríamos haberlo hecho nosotros. ¿Quién va a entrar en la web de una pequeña editorial para elegir un libro que regalar a su abuela? Nadie. El comprador de libros casual se pasea por las librerías o las ferias de libros. Al final, nuestro libro lo buscarán aquellas personas que nos conozcan o hayan oído hablar de nosotros previamente, por lo que una vez más, ese servicio ofrecido por la editorial se muestra tan eficaz (o menos) que lo que podemos lograr nosotros mismos en nuestras redes sociales, blog o página web personal. La diferencia es que la primera opción la vamos a pagar.

En la siguiente entrada el tema estrella: La imprenta.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Pequeña guia de autedición (3): Editoriales de autoedición, primera parte





Hasta ahora hemos hablado de editoriales grandes y pequeñas, de sus diferencias y de su papel en el mundo literario, pero hoy quiero detallar los peligros que se ocultan tras algunas de esas editoriales pequeñas. ¿Y por qué sólo las pequeñas? Porque una editorial grande nunca, nunca nos pedirá dinero por publicar nuestro libro, mientras que la pequeña si. Es por ello que debemos saber dónde va a ir ese dinero que tanto nos ha costado ganar.

Las editoriales son empresas. Lo dije como diez veces en la entrada anterior y debo seguir remarcándolo. Y como empresas que son no van a arriesgar un céntimo por nosotros por mucho que nos digan que nuestro libro es muy bueno, que tenemos mucho talento y que somos un autor de best sellers en potencia. Ni un céntimo. Es por ello que nos pedirán dinero a modo de garantía, para costear la primera impresión del libro y después, según como vayan las ventas, se hablará de una segunda edición, que es como llaman ahora a las reimpresiones. ¿Pero cómo saber que nos cobran lo justo? En primer lugar siempre hay que desconfiar y en segundo, fijarse en algunos elementos clave.

Aquí no publicamos cualquier cosa.
Esta es una frase muy utilizada para dar al autor la sensación de que su libro ha sido revisado y que ha pasado una primera criba cuando suele ser mentira. Como he dicho antes, nos van a cobrar por adelantado así que a esas editoriales les interesará publicarlo todo. Una forma sencilla de comprobarlo es echando un vistazo al catálogo de la editorial. ¿Lleva apenas dos años en funcionamiento y en su catálogo hay cincuenta libros de temáticas dispares? Quizás sea por que realmente no hacen tales selecciones. Las editoriales honestas suelen centrarse en un género en concreto para poder conseguir visibilidad dentro de ciertos sectores y siendo pequeñas no suelen tener la capacidad de editar gran cantidad de libros por lo que si nos encontramos con el caso descrito arriba, habrá que desconfiar.

¡Ya!
Quizás la palabra que más veces he visto en anuncios de editoriales. Todo el mundo sabe que cuando uno termina de escribir su obra, quiere verla en librerías a la semana siguiente. Eso lo saben las editoriales y se afanan en dar unas expectativas de rapidez a veces imposibles. Pero seamos cautos y pensemos con la cabeza fría: ¿Realmente alguien es capaz de cumplir la promesa de revisión de una obra y valoración a las 24 horas de su recepción? ¿Acaso tienen personal suficiente (y dispuesto) a leer TODAS las obras recibidas con carácter de urgencia? ¿Cuánto nos cuesta ese servicio? Y lo mas importante… ¿Realmente vamos a recibir ese servicio? Mi opinión es que no. A mi la palabra “ya” me evoca un buzón de correo electrónico donde se da una respuesta automática y luego, una vez recibido el dinero, se empezará a revisar la obra.

¡Gratis!
Otra palabra que hay que coger con pinzas y mascarilla. ¿He dicho ya qué son las editoriales? Entonces sabremos que las empresas no reglan nada que no hayamos pagado previamente. Corrección, maquetación, diseño de portada… Todo eso son trabajos realizados por profesionales que cobran sus sueldos y no van a regalar su tiempo y esfuerzo. Por lo tanto pueden pasar dos cosas: O bien SI vamos a pagarlo sin darnos cuenta (en el futuro hablaré de esas practicas) o bien NO se van a realizar tales trabajos. Es muy posible que la editorial se limite a pasar el auto corrector de Word, copiapegar el texto en una plantilla de maquetación y sacar una portada de un banco de imágenes de Google. Y todo ello son cosas que podemos hacer nosotros en nuestra casa. Cuando acudimos a una editorial es para tener un acabado más profesional del que nosotros podríamos lograr.
Y así con todo. Marca páginas, carteles, estantes, flyers, tarjetas de visita… Todas esas cosas, por muy gratuitas que nos las anuncien, las vamos a pagar de un modo u otro así que no estaría mal preguntarnos si realmente queremos pagar por ellas.

Anuncio real de una editorial real de la que no he querido reproducir su nombre.

Por supuesto, esto es solo la punta del iceberg, ya que cuando estamos metidos en una de esas editoriales de autoedición (término que ya de por si es una entelequia) vamos a tener que enfrentarnos a muchos otros dilemas que aunque suenen muy bien en nuestros oídos, pueden ocultar pequeñas trampas. Atentos a la próxima entrada.

lunes, 5 de febrero de 2018

Tunglio: El arte de quemar libros





Hace poco llegó a mis oídos la noticia de que una editorial islandesa de nombre Tunglio, utiliza una curiosa forma de publicación que consiste nada mas y nada menos que en producir tiradas limitadas de 69 ejemplares de cada libro las noches de luna llena (no veo la relación entre la cifra y la fase lunar, realmente) y que todos los ejemplares que no se venden son quemados a fuego lento. Lo que para algunos es una herejía al asociar la quema de libros con algunas épocas oscuras de nuestra civilización (véase inquisición, franquismo, etc…) otros lo ven como un ritual mágico que se enfrenta a la idea del libro como pasaporte a la inmortalidad convirtiéndolo en algo efímero. Pero esta forma de publicación al final solo es, señoras y señores, una cuidada y bien pensada estrategia de marketing. Vamos a analizarlo.

Por un lado tenemos la publicidad gratuita. Estamos hablando aquí, en España, y me consta que también se está hablando de esto en muchas otras partes del mundo, de una pequeña editorial formada por dos personas únicamente. Bien. Objetivo conseguido en este aspecto, pero ahora… ¿De qué sirve quemar los libros?

En primer lugar hay que hablar de las tiradas limitadas de impresión. 69 libros son muy pocos, pero para muchos autores, especialmente aquellos novicios, vender más de ese número no es sencillo. Por ello podemos deducir que simplemente la editorial no quiere arriesgarse a imprimir mas. Por supuesto no sabemos la extensión de esos libros, su forma o su precio, pero con la excusa de que los que no se vendan van a arder los convierte en productos superexclusivos, permitiendo incrementos en su precio y una demanda asegurada.

En segundo lugar, nadie nos dice que esos libros no vayan a seguir existiendo en otros formatos como PDF etc… Por lo que el autor no perdería su obra completamente, lo que hace de la quema algo relativo. Realmente los libros no desaparecen del mapa.

También hay que tener en cuenta ya en tercer lugar, que para cualquier editorial/ autor, los libros no vendidos acaban ocupando espacio en almacenes, teniendo una demanda mínima o inexistente y al final, acaban siendo pasto de humedades o convertidos en saldos de mercadillos. La opción del fuego solo hace que acelerar este proceso inevitable.

Y es que si España, un país donde una mayoría de la población afirma no haber leído un libro en su vida, posee una notable saturación de novedades editoriales, Islandia, con la mayor cantidad de escritores por metro cuadrado del mundo, debe ser un verdadero hervidero de libros.

Al final lo que nos queda es una editorial pequeña que apuesta por tiradas limitadas de libros físicos que se venden en su mayoría, a un buen precio y que los que sobran no ocupan lugar. No está del todo mal siempre que el autor acepte esas condiciones. Pero lo de la magia ritual islandesa y las metáforas de vida eterna también están muy bien, por lo que dejaré que os quedéis con la versión que más os guste.

domingo, 28 de enero de 2018

Pequeña guia de autoedición (2): Una aproximación a las editoriales





Como ya comentaba en la anterior entrada de esta serie, las editoriales de antaño dominaban el mundo literario. Ellas decidían quién publicaba, cuando y cómo, así como controlaban sus medios de distribución y ventas (librerías). Pero hoy en día el editar un libro está al alcance de cualquiera y por ello ese control editorial ha perdido consistencia. No solo es posible publicar sin ellas si no que es posible vender sin pasar por las librerías de toda la vida. ¿La consecuencia de esto? Las grandes editoriales se “blindan” ante nuevos autores y solo publican aquello que les supone unos ingresos seguros. Y con esto llegamos al punto clave de esta entrada: las editoriales son empresas.

Parece innecesario decirlo pero a veces se nos olvida. Todas las editoriales, grandes y pequeñas son empresas que tienen escritores para revisar textos, maquetadores, diseñadores gráficos, correctores, traductores… y toda esa gente cobra sus sueldos. Además tienen que pagar la luz, los impuestos, la limpieza y las reparaciones/ mantenimiento de sus equipos… Todo ello se traduce en que deben ingresar más dinero del que gastan si quieren funcionar.
Por ello antes de acudir a una editorial a ofrecer tu libro debes tener claro que si no les va a parecer rentable, te van a dar con la puerta en las narices. Un portazo lleno de lógica, además.

Pero no todas las editoriales son iguales; me atrevería a decir incluso que no existen dos iguales (y mas les vale si quieren funcionar) y por tal imposibilidad de describirlas todas nos centraremos en si son grandes (véase Planeta, Tusquets o Santillana, entre otras) o pequeñas (cualquiera entre las cientos que podemos encontrar con una búsqueda de Google).
Cuando hablamos de editoriales grandes hay que tener en cuenta su hermetismo para con los autores noveles. La única forma de acceder a ellas es ganando algún premio literario de gran importancia, realizando un estudio de mercado y presentándoles el producto que estaban buscando o siendo alguien famoso ya sea en el mundo de la televisión, la música o las redes sociales. Y en esto último está la cosa.
Dicen que cinco mil es el  número mágico. Cinco mil son los libros que hay que vender para generar dinero de verdad y por ello si un libro no puede alcanzar (sin riesgos) esa cifra, es desestimado al momento. Es por ese motivo que las grandes editoriales andan a la caza de personas con gran número de seguidores en las redes sociales donde hay quien tiene varias decenas de miles de ellos, por no decir cientos de miles. En ese momento la editorial propone al youtuber, instagrammer, twittero o lo que sea, escribir un libro “tu haz lo que sea que nosotros ya nos apañamos” y como es lógico, si esa persona con 50.000 seguidores logra que al menos un diez por ciento de ellos (suelen ser más) compren su libro, el trabajo está hecho.
¿Dónde nos deja esta estrategia  a los que tenemos cien seguidores en las redes sociales? En la calle. Es por ello que solo debemos plantearnos llegar hasta una gran editorial si tenemos una presencia continua y relevante en las redes. Por suerte, no todas las editoriales son grandes.

Las pequeñas editoriales existen, y en cantidad. Algunas se limitan a asesorar a los autores, revisando, corrigiendo, imprimiendo y en algunos casos distribuyendo libros, mientras que otras funcionan como las grandes aunque a una escala menor y otras directamente se basan en estafar a los incautos que quieren ver sus libros publicados. Y aunque no se trate de estafas propiamente dichas (el autor firma un contrato dando su consentimiento para ciertas prácticas), si utilizan ciertos procedimientos confusos y poco beneficiosos para el escritor. Porque no lo olvidemos… Las editoriales son empresas.

En la siguiente entrada comentaré algunos de los procedimientos digamos feos de algunas de esas editoriales pequeñas. ¡No os la perdáis!

viernes, 12 de enero de 2018

Pequeña guia de autoedición (1): La necesaria introducción.





Para este 2018 he decidido reactivar un poco el blog y hacerlo de una forma que resulte instructiva y didáctica. Por ello y siempre basándome en mi experiencia o la de personas cercanas, dedicaré una serie de entradas a hablar de la autoedición como opción de publicación. Espero ser útil o cuanto menos entretenido.

Primera parte: Qué es la autoedición.

La autoedición es ese recurso maldito, muchas veces menospreciado y otras tantas ninguneado por tratarse de una opción fácil (o al menos eso parece desde fuera) y que por lo tanto no ofrece demasiada garantía de calidad (aunque otras opciones tampoco lo hacen) y que en mi experiencia a veces he sentido como un handycap y otras como una bendición.
Es por ello que basándome en mi escasa pero a la vez reveladora experiencia después de tener dos obras autoeditadas en la calle, he querido recopilarla en una serie de entradas con la intención de que sirvan de ejemplo, información o por qué no, de guía para autores que quieran probar suerte en este mundillo y no sepan a qué atenerse. Empiezo, por lo tanto, con un breve resumen de mi experiencia.

Hasta hace poco mi idea de publicar un libro se limitaba a ese recurso cinematográfico tan visto en el que un autor algo atormentado lograba terminar una novela que al ser descubierta por un editor de esos de “vamos a sacar esto adelante, yo confío en ti” le hacia rico y acababa viviendo en una casita de madera junto a un lago y cada aparición social que hacia era acosado por sus fans. Y si, eso es muy bonito y da para muchas tramas pero no suele ser lo habitual.
Puede que hace algunos años la cosa funcionara de un modo parecido a éste, pero con la llegada de los ordenadores personales, las impresoras, los programas de edición de texto y las páginas de internet, el panorama ha cambiado mucho. Ahora cualquiera puede editar un libro y por lo tanto cualquiera puede montar un editorial, lo que hace que las nuevas publicaciones florezcan como las amapolas y que las editoriales de antaño deban seleccionar a sus nuevos autores basándose en la rentabilidad de éstos antes que en su calidad. Pero de este tema hablaré en futuras entradas.

Cuando publiqué mi primer libro, allá por el 2016, lo hice a través de Lulu, una plataforma que es esencialmente una imprenta online en la que tu envías un texto, propio o ajeno y ellos te lo convierten a pdf o te lo imprimen sin preguntarte nada. Gracias a esa página pude ver mi libro en papel en cuestión de semanas con todos los pros y contras que ello conlleva. Por un lado publiqué el libro que yo quería sin que nadie me cuestionara, sin tener que esperar valoraciones externas, sin mas complicaciones que tener que darle al botón de “imprimir” y sentarme a esperar a que llegaran los ejemplares a mi casa. Por otro lado la maquetación dejaba mucho que desear, la ortografía no estaba tan pulida como debería, la ortotipografía era un concepto desconocido para mi y la calidad de los materiales (papel, portada, tinta…) era la justa y necesaria para poder llamarlo “libro”. A partir de ahí tiré de redes sociales, presentaciones y librerías para vender los libros y sentirme, eso es, como un verdadero escritor. De los de casita en el lago pero sin casita. Ni lago.

Al año siguiente me puse a trabajar en mi segundo libro. Esta vez, conociendo mejor este mundillo, pude crear un libro mucho más profesional. Revisé mejor el texto, corregí errores esenciales cometidos con el anterior (fuente con serifa, rayas en lugar de guiones, estructura de páginas y párrafos…) y cuando lo tuve terminado contraté a un dibujante profesional para la portada, una diseñadora para el exterior y la mejor imprenta para darle un acabado de calidad al libro. El resultado: Un libro más consistente, con solapas, colorido, a la altura de cualquier producto sacado de los hornos de las mejores editoriales. Un libro que pensaba que tendría una repercusión mucho mayor que el primero pero que en cambio, no acaba de funcionar. ¿Por qué? Porque ni la calidad, ni el acabado, ni las ganas son suficientes.

Para que un libro funcione son necesarios muchos factores como (en un orden aproximado de prioridades) la notoriedad del autor, la publicidad, el impacto visual del libro y por último la calidad del mismo. Parece extraño y en cualquier caso injusto, pero así es, las editoriales lo saben y por lo tanto si no somos famosos de antes, no tendremos publicidad ni una buena edición y por supuesto, si no vendemos no nos leerán y la calidad de nuestro libro importará poco. ¿Desalentador? Por supuesto, pero por suerte no está todo perdido. Teniendo algunos factores en cuenta podemos no solo mejorar nuestras ventas sino también atenernos a nuestras posibilidades y evitar frustrarnos por haber aspirado a demasiado. Una casa en el lago, por ejemplo.



En la próxima entrada hablaré de las editoriales. Las grandes, las pequeñas y qué esperar de ellas.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Sobre los temidos "spoilers"



Cualquiera que esté mínimamente metido en alguna red social se habrá dado cuenta del fenómeno: Cada vez que se acerca el estreno de una nueva película o la emisión de la nueva temporada de la serie de moda, comienzan a aparecer “memes” pidiendo que nadie haga “spoilers”. Pero… ¿Qué son los spoilers?
Spoiler es un término anglosajón que podría traducirse de forma coloquial como “aguafiestas” y que para el caso que nos ocupa, se refiere a aquellos que te estropean una película, serie o libro contándote cómo termina. Esto, que antes no tenía mayor importancia, se ha convertido en un motivo de preocupación debido a la enorme conexión que suponen las redes sociales y a la facilidad que tienen algunos pocos para estropear el estreno a muchos otros. Y precisamente sobre algo relacionado con este tema hablaré (mejor dicho escribiré) hoy.
Hace algún tiempo me topé con alguien en una red social que me explicó que cuando llegaba un libro a sus manos lo primero que hacía era leer el último capítulo y que si le gustaba el final, comenzaba  a leer el libro. Me pareció un comportamiento cuanto menos curioso, ya que se trataba de un “autospoiler” en toda regla, por lo que le pregunté sobre el tema. Su respuesta me hizo pensar y al final tuve que darle la razón en que no era una cosa tan extraña lo que hacía.
Y ahora debo hacer una pausa ya que no logro recordar quién era esa persona ni si tal reflexión venía como consecuencia de una entrada en algún blog, por lo que puede ser que esto que voy a escribir ya esté publicado en algún lugar y posiblemente mejor expresado. Si es así, le pido disculpas por haber copiado su idea y en cualquier caso me reafirmo en la necesidad de escribir yo mi punto de vista.
“Los spoilers no son malos”, sería el resumen. Los “spoilers” no son malos a no ser que el producto (película o libro) también lo sea (mala), sería un resumen más exacto. Y es que cuando nos encontramos ante una buena obra, conocer de antemano el final no debería impedirnos disfrutarla. Pensemos en ello.
¿Por qué somos capaces de ver algunas películas innumerables veces mientras que otras nos basta con un visionado para tener suficiente? ¿Por qué algunos clásicos siguen sobreviviendo hasta día de hoy mientras que otras obras, algunas de ellas de gran éxito en su estreno, caen en el olvido? Me refiero a libros como “El perfume” de Patrick Sunskin o “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de R.L. Stevenson. Todos sabemos como terminan pero a pesar de tratarse de finales sorprendentes con giros inesperados, seguimos leyéndolos con deleite. ¿Por qué hay películas que siguen manteniendo esa chispa inicial, a pesar de que todo el mundo sabe cómo terminan? La respuesta está en que son buenas obras, y ello está más allá de cualquier climax.
Muchas de las películas y libros que aparecen en nuestros mercados anunciados como grandes obras, no son más que paja rematada con un final que sorprende y que deja buen sabor de boca, pero nada más. Muchas de las series que hoy en día se consumen con avidez, no son más que pequeños momentos de emoción situados estratégicamente al final de cada capítulo para avanzar una trama más o menos interesante con la intención de enganchar al público un capítulo más.
Tomemos como ejemplo a esas películas de “terror” que se basan en dar sustos al espectador para que salga del cine con la sensación de haber pasado miedo mientras que solo se ha visto sometido a una serie de sorpresas para alterarle el ritmo cardíaco. ¿Dónde quedan esas películas hoy en día? ¿Por qué volvemos al “El Resplandor” y a “Misery” cuando queremos nombrar buenas películas del género?
Al final, sean libros, películas, series o videojuegos, no deberíamos de preocuparnos por saber el final de antemano, ya que lo que deberíamos buscar es disfrutar de la obra desde el minuto uno y hasta que ésta terminara, no solo del final sorprendente y que hace que el montón de paja en el que hemos estado buceando cobre algo de sentido.
La conclusión a la que quiero llegar es, que los spoilers no deberían ser algo a tener tan en cuenta como hacemos y que quizás deberíamos “spoilear” más para distinguir las buenas obras de las que no lo son tanto.
Y si. Bruce Wills estaba muerto desde el principio. Por eso la película era tan mala.

¿A que no sabéis de quién era hijo este chaval?







Amor de primate. Una breve novelita de muy pocos megabytes.

Hay quien dice por ahí que los buenos tiempos del papel ya han llegado a su fin; que entre pdfs, kindles, podcasts y audiolibros, el libro t...