viernes, 18 de agosto de 2017

La onomatopeya del ladrido (último avance del libro)

La "onomatopeya del ladrido" es el primer relato que escribí para el libro y también el más extenso, por lo que decidí que la recopilación entera debía llevar su nombre... Además de que es un título que me encanta.
Mucha gente me ha preguntado el porqué de ese título, así que he decidido que no hay mejor forma de presentar el relato que con la parte en la que se hace patente tal decisión.


"A la mañana siguiente se levantaron renovados. El Sol brillaba afuera y el paisaje, iluminado por la luz del día y la humedad de la tormenta, presentaba una belleza inigualable. Encinas, pinos silvestres y acebos daban cobijo a aladiernos, madroños y tejos, que a su vez guarecían a decenas de especies animales de toda índole. El aire olía bien, casi tanto como la cocina donde estaban preparando los desayunos.
Celonio y Berilio se asearon, se vistieron y bajaron a hacerse con una mesa. El fuego ardía de una forma mucho más humilde que la noche anterior, ya que esta vez sólo había un grupo de señores mayores compartiendo la estancia con ellos. Celonio aprovechó que la avispa había salido a oler unas flores cerca de la ventana para preguntar.
Entonces… ¿Qué piensas hacer?
He estado pensando y… —Berilio dio un mordisco a la tostada con tomate antes de continuar, sin duda para dotar de emoción a su respuesta—. Creo que viviré. Este mundo no está tan mal como para dejar que sea arrasado a saber por qué dios primigenio. ¿No crees?
Celonio se encogió de hombros. Para él, seguir viviendo o morir junto con el resto de humanidad no era un tema a tener en cuenta. En esos momentos, de hecho, le preocupaba más el saber dónde estaba el salero. Y el salero estaba justo en la mesa de al lado, en poder de los cuatro viejos que en esos momentos estaban discutiendo sobre un tema tan apasionante, que los dos protagonistas de esta historia no osaron interrumpir, para saber cómo acabaría.
Por lo visto, uno de los viejos, al que llamaremos a partir de ahora Viejo1 aseguraba que la forma correcta de escribir el ladrido de un perro era “guau”, mientras que el otro, Viejo2 decía que era, de toda la vida “bup”. Pero como justamente corresponde a una discusión de ese calibre, habían más discrepancias, ya que Viejo 3 apostaba por “worf”, a lo que los otros consideraban un anglicismo, con lo que Viejo3 defendía que en idiomas animales no pueden haber anglicismos, ya que eso compete a lenguajes humanos. Viejo4 por su parte, fuera por convicción o simplemente por echar más leña al fuego, dijo que lo correcto era escribir “llap” a lo que los otros tres respondieron que qué perro tenía él para que sonara así.
Y la discusión fue creciendo en intensidad, las palabras subiendo de volumen y ante la atónita mirada de Celonio y Berilio, los cuatro viejos comenzaron a ladrar, cada uno según su criterio de pronunciación, mientras se arrojaban los platos sucios a la cabeza para acabar tirando la mesa al suelo y persiguiéndose, ladrido en boca, por todo el comedor. La cosa terminó con el dueño del local ahuyentándolos a escobazos hasta que encontraron la puerta y salieron corriendo por el monte, en busca de alguna liebre sin duda.
Berilio sacudió la cabeza y Celonio sabía que ese gesto significaba un cambio de opinión. Después de la escena cualquiera se sentiría decepcionado con una humanidad capaz de romper su decoro y comportamiento por una simple discusión. Ambos miraron a la puerta y supieron que la humanidad estaba condenada a causa de la onomatopeya del ladrido."

1 comentario:

  1. Viejos, dioses primigenios, la humanidad condenada... ¡Esto es Capdemut en estado puro!

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